FUE MUY popular en la España del tardofranquismo. Se completaba con un «menos que mañana» que consagraba la frase bañada en oro como la medalla del amor, un símbolo que visto desde la distancia de un país adulto se nos antoja, cuando menos, cursi. Era uno de esos eslabones de la cadena del cuéntame que están siendo exhumados para reescribir la crónica sentimental de un tiempo que no deja de oler a naftalina. Hoy, por obra y gracia del mimetismo made in USA, Occidente ha decretado que es una fecha adecuada para glorificar el amor, celebrando la onomástica de san Valentín, que fue un santo romano del siglo III captado por la inteligencia vaticana para santificar las fiestas lupercales donde se ritualizaba la fertilidad. Y como un rito se muda por otro desde hace algún tiempo el 14 de febrero, las parejas de hecho y todas las demás se dan una tregua para almibarar su relación y dar un nuevo sentido a la gimnasia amatoria. Hace años existía en la iconografía del amor un angelote rubicundo y alcahuete que armado con arco y flechas iba repartiendo por doquier disparos de saetas, que se conocían como flechazos en ese elemental argot que utilizan los enamorados. Nada se sabía de las endorfinas y sus efectos, y la sociedad española vivía con un corsé, con una faja que ceñía seso y sexo. Cupido andaba sembrando el pánico a diestro y siniestro y el músculo herido era siempre el corazón. La cultura del estrés preservó el aparato cordial y lo destinó a los infartos, y la sociedad española, tan pazguata ella, se volvió permisiva, liberal y tolerante. Y así fue como el viejo ángel del amor, anciano y desplumado en sus alas, con la vista velada por unas cataratas que provocaban que errara en sus disparos, se fue a vivir a un asilo en donde vegeta y dicta sus memorias que no encuentran editor. Cupido fue inmediatamente sustituido por Internet, que hoy por hoy es la gran Celestina que une parejas en todo el mundo. Perverso y promiscuo, el ordenador propicia que las nuevas flechas on line , lleven los antiguos mensajes en correos electrónicos que viajan por los infinitos chats para corazones solitarios. Al final, el cuento acaba siempre con la vieja melodía de los amantes que acuden a una cita a ciegas: en tu casa o en la mía. Hoy, 14 de febrero, la frase precedente va a ser muy repetida, pues tiene el valor añadido de coincidir en sábado. No vamos a decir nada de lo mucho que ha cambiado la letra, aunque la música sea la de siempre. La copla ya no se parece a la que un día escuchamos. Los divorcios anuales nos sitúan a la cabeza de Europa, lo malo es que la soledad de igual manera mantiene muy alta su posición en el ránking. Cuando amarse comienza a tener un guión nuevo y a no ser únicamente cosa de dos, días como éstos, medallas como aquéllas envueltas en el celofán de la nostalgia nos evocan etapas de nuestra vida en las que descubríamos el color rosa instalado en el caleidoscopio amable de todos los paisajes. El amor va envejeciendo en nuestro corazón y nos dejamos invadir por la ternura hasta que descubrimos en un reclamo comercial una oferta de un menú San Valentín que anuncia un restaurante. No es un menú erótico, más bien parece disuasorio, y mientras lo lees piensas que quieren convertir el amor en una jornada gastronómica. Más que ayer.