TODO EL MUNDO sabe que yo «soy rebelde, porque el mundo me hizo así», y que, en medio del andacio de opinión correcta que nos invade, me gusta opinar en contra de la corriente. Por eso espero no sorprenderle mucho si le digo que, ahora que todos se echan las manos a la cabeza por culpa del enfrentamiento entre el Tribunal Constitucional y el Supremo, a mí me parece que todo empieza a arreglarse, y que quizá estemos en un buen momento para plantar cara a las inercias y privilegios que frenan la transición judicial a la democracia. Porque, frente al pesimismo con el que los expertos de oficio comentan este tema, yo tengo que reconocer que es la primera vez que estoy plenamente de acuerdo con las resoluciones dictadas por ambos tribunales. Dice la sentencia del Supremo que los magistrados del Tribunal Constitucional despachan los recursos de amparo en plan frívolo, y, al tiempo de insinuar que ni siquiera se leen los papeles, también confirma -siquiera moralmente- la existencia de numerosas cuchipandas contractuales que hace el Constitucional fuera de todo procedimiento. Y yo, que tengo la personal experiencia de un recurso de amparo que fue pasado por el forro de la misma chaqueta que ahora nos ocupa, no tengo más remedio que mostrarme absolutamente de acuerdo con el Tribunal Supremo. Pero también dicen los magistrados del Constitucional que el Tribunal Supremo se está metiendo en camisas de once varas, y que la multa de 500 euros que encarna la vergüenza personal de los magistrados condenados supone una intolerable injerencia en un ámbito competencial que pertenece, de forma exclusiva y excluyente, a la jurisdicción constitucional. De mi cuenta le añado que este pulso del Supremo es una simultánea a dos bandas: con el Constitucional por arriba, y con los tribunales superiores de Justicia por abajo, y que, usando sin miramientos el rostro de los justiciandos, nunca deja de darle bofetadas a ambas jurisdicciones. Y eso es tanto como afirmar que los jueces del Supremo no son tan sabios y probos como parece, y que, con más frecuencia de la deseada, firman papeliños que no se han leído a conciencia. Por eso, y porque tampoco en esto me falta experiencia, no tengo más remedio que adherirme de todo corazón a lo que piensan e insinúan los magistrados del Constitucional. Así que, si se trata de pedir justicia, estamos apañados. Pero no por eso quiero dejar sin un merecido elogio a estos dos sesudos pronunciamientos que, per modum unius y poniendo las verdades sobre papel timbrado, acaban de reconocer que hay muchos días en los que el Tribunal Constitucional y el Tribunal Supremo andan de coña. Como usted y yo nos barruntábamos.