Predica, meu frade...

| XOSÉ LUIS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

EL PUEBLO CRISTIANO, que también es fuente de transmisión e interpretación de la palabra de Dios, tiene muy definida la posición que debe adoptarse ante los predicadores que, habiendo perdido el sentido de la historia, sólo hablan para una comunidad que no existe y un tiempo que ya pasó. Por eso va siendo hora de que algún sesudo teólogo dedique su tesis doctoral al estudio de las implicaciones pastorales y científicas que tiene el refrán que da título a este artículo: «Predica, meu frade, que por unha orella me entra o que pola outra me sae». Sólo así podremos evitar el bochornoso espectáculo que damos a los que, no siendo miembros de la Iglesia, pero respetándola, están escandalizados por la peculiar relación dialéctica que hemos establecido entre una jerarquía que no da pie con bola y una comunidad cristiana que, sin hacerles puñetero caso, vive su vida bajo el signo de los tiempos. Lejos de rebelarse contra los pastores, o de contradecir su peculiar elección de los problemas actuales (siempre situados entre la cintura y la rodilla), los buenos cristianos de hoy arreglan el entuerto por su cuenta. Y por eso han concluido que nada de lo que dicen los obispos sobre el control de la natalidad, las enfermedades de transmisión sexual y el tratamiento de ciertas opciones sexuales es directamente aplicable a nuestros hijos, que tienen que vivir su vida dos siglos por delante de la Conferencia Episcopal. Claro que los obispos ya han descontado este dato, y, lejos de preocuparse por la eficiencia de su discurso, están encantados con la coherencia intrínseca de sus monsergas, como si toda la razón que les falta en este mundo fuesen a recobrarla en el Juicio Final. Pero a mí me parece que ni San Pablo les iba a dar la razón si, valiéndose de Internet (pablodetarso@e-pístolas.com), escribiese ahora su primer e-mail a los corintios. Por eso les pido que reflexionen humildemente sobre lo que le está pasando a la Iglesia, y sobre la forma en que usaron y abusaron de sus púlpitos y privilegios. Porque alguien tiene que ser el responsable de que sólo haya buenos católicos en las dictaduras confesionales, y de que las sociedades democráticas sean un sinónimo de perversión, hedonismo y corrupción. En el marco de esta controversia entre la más rancia tradición y la modernidad, lo peor que le podía suceder a la Iglesia es que la voz de los obispos sonase a barullo de fondo, más próximo a una tertulia de radio que al evangelio de Cristo. Pero las cosas son como son, y por eso no queda mas remedio que seguir a pies juntillas el sabio consejo del pueblo de Dios: «Predica, meu frade, que por unha orella me entra o que pola outra me sae».