SEGÚN una reciente encuesta del CIS, 6 de cada 10 lectores de periódicos dicen que les merecen mucha o bastante confianza. Los otros cuatro «no confían nada» en la prensa escrita. La encuesta no dice si los desconfiados creen algo más en unos que en otros diarios o, precisando más, si su desconfianza depende del lugar en donde viven y de los periódicos de esa ciudad o la región donde se editan. Este oscuro y alarmante diagnóstico de que 4 sobre 10 españoles -vivan donde vivan- no confían en absoluto en su diario habitual, es equívoco y capcioso. Las encuestas, como las estadísticas, son cuestionables y, en ocasiones, ofrecen resultados equívocos. Todo el mundo comprende que si un individuo se come un pollo mientras otro lo mira con hambre, en términos estadísticos resultaría que ambos individuos se han comido el pollo al 50 por ciento...(El que tiene hambre que se fastidie). Pues bien, en los datos que se ofrecen en esta encuesta entre lectores de periódicos no puede ser verdad que el 40% de los lectores de diarios desconfíen de manera radical del medio escrito que dicen conocer, por una sencilla y elocuente razón: cuando un lector llega a desconfiar de su periódico habitual deja de comprarlo, por lo que ya no puede considerarse entre los descontentos sino entre los no lectores, que es otra cuestión. Sin embargo, este dato tan escasamente riguroso sugiere una reflexión que se escapa de la lógica de la encuesta, sobre el fondo de verdad por el que un individuo puede sentirse desengañado por su periódico habitual y aguanta y aguanta hasta que llega a un tope y se dice: «a partir de mañana dejo de comprar ese periódico». ¿Qué ha podido pasar para que un diario pierda uno de sus lectores? Esta pregunta tiene respuestas muy complejas. Entre ellas, una de las más evidentes estaría en el deterioro de la calidad por crisis empresarial y la más corrosiva sería el engaño ideológico a aquellos lectores que compran ese diario por su oferta informativa y la calidad de sus comentarios y no por sus tendencias políticas, cuando éstas prevalecen, en muchas ocasiones, sobre la imparcialidad y el pluralismo. Cuando se sacrifican los valores formales que acreditan a un medio en el quiosco por la manipulación, ese lector crítico siente que se está menospreciando su inteligencia y su derecho a la libertad de expresión. Este virus es letal; es como un cáncer que mina lentamente la credibilidad y termina inexorablemente con la confianza, que es el depósito de garantía que concede el lector a su -recalco lo de su - diario. En estas circunstancias, sería lógico que el encuestado dijera que no confía en el periódico, lo que no puede interpretarse como que no crea en ninguno. Es un decepcionado curable, pero con otra medicina. Sigamos con el supuesto lector decepcionado, porque este asunto trasciende en importancia sobre la estadística. España no es, precisamente, un país de lectores, ni de prensa ni de libros y, al paso que vamos, el panorama es aún más sombrío. Cuidar a un lector habitual de periódicos no es sólo una estrategia empresarial, sino una necesidad patológica, porque de su salud -léase confianza- depende la salud del medio. Cuando un periódico pone en riesgo su aval de confianza y pretende utilizar su influencia a costa de los lectores que no se dejan manipular, puede morirse, tarde o temprano, por una sobredosis de prepotencia. Este síndrome no es ficticio. Ocurre en la realidad, en determinados medios de los llamados de difusión nacional, que pretenden ser influyentes más allá de lo que les corresponde y menosprecian a su fuente natural de prestigio, que son sus lectores. Quien suscribe este comentario acaba de decidir que deja de ser lector de un determinado diario, después de muchos años de lealtad, lamentando que, con esta decisión pierde, a pesar de todo, un viejo amigo.