COINCIDEN en un tiempo personal la novela Castillos de cartón y la película Las invasiones bárbaras. Puede sucederles que no haya sido necesario terminar un libro o ver una película para que los afanes de sus autores les permitan atisbar interpretaciones del mundo en que se vive. Son intuiciones que nos llevan a entrar en un cine, o a que un libro -entre miles- en una librería se quede prendido en las manos. Son intuiciones nacidas de las páginas culturales de sus periódicos de cabecera, aquéllos que en algunos rincones reservados, esplendorosos rincones, les permiten recrearse en su interpretación literaria, cinematográfica o musical de la vida por medio de una crítica, una crónica o una entrevista. El hallazgo se produce cuando uno percibe cómo se transforma el primer impacto fugaz de la descubierta en un anhelo duradero, que se desea compartir. Así se inicia la apropiación de la vida que tal libro, interpretación musical u obra cinematográfica nos proponen. Algo semejante a compartir la creación de esa obra, a vivirla con una intensidad que trasciende al ejercicio de espectador, de lector. Y en esas ando, tal y como les señalaba al inicio de este Codex , con la novela de Almudena Grandes y la película de Denys Arcand. Ella, reconoce que este poder que nos abafa la va convirtiendo en mala persona, crispada, resentida. Ella confiesa su nostalgia por aquel país amable y progresista que caminaba hacia delante, donde los intentos del poder por rescribir la historia estaban debidamente contenidos por una sociedad que quería ser feliz desde su propia y real memoria, donde tampoco la curia pretendía, ominosamente, rescribir la historia de la humanidad sin asumir su propia y terrible contribución a ella. Él, reúne a sus personajes de El declive del imperio americano en torno a la enfermedad de uno. Cuenta la desilusión, a desfeita de quienes soñaron con hacer un mundo más humano, solidario, justo y cuando ha desaparecido ya de sus sueños. Dicen que Arcand en Invasiones bárbaras alimenta la esperanza. Aquélla que permite practicar la coherencia personal, el afecto, la tolerancia en un tiempo cruel, ante una Verdad tan repleta de mentiras: «Se hizo lo que se tenía que hacer». Lean, vean, escuchen. Ahí le anda la vida. Para resistir.