LA JERARQUÍA de la Iglesia española anda con la mira desviada. Con tanto dar doctrina sobre temas de los que no saben (o no deberían saber), como es la relación sexual y sus revoluciones, descuidan aquéllos de los que sí saben, y así se cuela el enemigo en casa. En lugar de especular sobre lo que pasa en alcobas y en prados, por qué no miran, hombres de Dios, hacia la Meca, que se nos está reinfiltrando Mahoma, que las reconquistas no duran para siempre. El ayatolá Jamenei, líder espiritual y terrenal de Irán, nos da la pista: «Dimitir es pecado», ha dicho. Vean, señores obispos: aprovechando la copla de que «estos diez mandamientos se encierran en dos», el edificio moral propio se ha quedado en que no hay que matar a nadie y que no se puede trabajar los domingos, que es una moral bien floja, incapaz de resistir el recio precepto islámico. Vigilen, que aunque los vean acudir a las procesiones, ya son decenas los alcaldes, los concejales y los responsables de catástrofes varias que se les han pasado al chiísmo.