DESDE QUE anunció su retirada, hace ya dos años, a José María Aznar sólo le preocupa su historia personal. Apoya a Bush, y molesta a Europa, para que le dejen hacerse fotos en la Casa Blanca. Mueve su pequeño ejército, como si fuese una potencia militar, para tener fotos heroicas en los carros de combate. Se cierra en banda, y aisla a Ibarretxe, para ganarse la fama de hombre fuerte y pulso inalterable. Replantea la historia de España, y la vulgariza por televisión, para convertirse en una especie de Kemal Ataturk carpetovetónico. Y se fue a las Azores, a retratarse con los invasores, para componer la portada de sus memorias y emular, en plan estadista mundial, a los líderes de Yalta. Nada importante para la historia de España, pero todo esencial para hacer un dossier de prensa y hacer rabiar a Felipe González. En clave política la etapa de Aznar es un error y un horror, cuyo éxito y vigencia sólo puede explicarse echando mano de otro trío -Caldera, Blanco y Zapatero- que hace su historia particular a costa del PSOE. Pero si las cosas se analizan en clave personal, la biografía de Aznar se está configurando como un libro prodigioso, o como la historia de un político mediocre que acabó colando su discurso -plano y reiterativo- e los foros más relevantes y en los periódicos más influyentes. El último episodio de este enredo -que hoy es soberbio, mañana será trágico y pasado mañana bufo- es el discurso que pronunció ayer en el Capitolio de Washington, ocupando la tribuna que abriera Lafayette en 1777 -¡Dios mío!-, y haciendo el número 93 -tan insulso y anodino como el orador mismo- en la lista de personajes que fueron esenciales para las estrategias onfalocéntricas de la nación americana. ¿El precio? Servir de grumete en el barco de Bush, comprometer el nombre de España en una guerra ilegal e injusta, arremeter contra el naciente proyecto de una democracia cosmopolita y devolvernos a la ley de la selva, echar un saco de arena en los débiles engranajes de la ONU, susmarse a la doctrina de la guerra preventiva, convertir el terrorismo en una disculpa para suplantar la ley ordinaria y sustituirla por el derecho de guerra, meter a Europa en el pantano para darle gusto a Bush, y hacer de la seguridad mundial un totum revolutum en el que tan fácil resulta justificar el bombardeo de una boda en Kabul como un abrazo al domesticado Gadafi. ¿Y los españoles? Atónitos, pero encantados, como si el éxito de este hombre gris fuese un éxito personal de cada uno de nosotros. Porque eso es la democracia en América. Y porque las preocupaciones por la moral y los medios no son más que disquisiciones propias de la vieja Europa. ¡Viva Honduras!