La consagración americana

| FERNANDO ÓNEGA |

OPINIÓN

SI YO FUESE Aznar -cosa francamente improbable-, habría llamado a Ana Botella: «Ana, qué maravilla debe ser ocupar la Presidencia de los Estados Unidos. No haces más que entrar en el Capitolio, y te aplauden como militantes del PP. Parecía la entrada en el mitin. Y después, ya ves: cada frase que pronuncias, un aplauso. Yo llevaba preparado un discurso breve, como de quince minutos, pero he tenido que llegar a la media hora de tanto que me interrumpieron. Eso es un país, Ana, y no el nuestro, donde te abuchean y tienes que enfrentarte a gentes como Zapatero, Llamazares y Anasagasti, y no puedes ni defender la guerra en paz». Así se lo contaría a mi mujer, si yo fuese José María Aznar. Como no es el caso, tengo que decir que he visto varias partes en su gloriosa jornada americana. Una primera, emocionante. El mero hecho de ver allí al presidente del gobierno de España es un acontecimiento. Es un éxito personal de Aznar, que ve recompensada su lealtad. Pero es también un orgullo colectivo, aunque se discrepe de las ideas. Y ha sido un honor recibir el homenaje de las Cámaras cuando el presidente definió a España como una «democracia consolidada». Cuando el Rey habló allí mismo, hace 28 años, nuestra democracia sólo era un proyecto. Y sólo don Juan Carlos creía en su sinceridad. A partir de ahí, es obvio que Aznar hizo un mensaje para complacer a Bush y a Norteamérica. Mientras todo el mundo discute la existencia de armas de destrucción masiva en Irak, él celebró los éxitos de «la lucha contra la proliferación de armas de destrucción masiva». Mientras Europa busca una voz propia y diferenciada de Estados Unidos, él asegura que «querer una Europa fuerte no significa trabajar en un contrapoder a los Estados Unidos». Y mientras España ha tratado de mantener una relación discrepante, pero cordial, con el régimen de Castro, el propugnó abiertamente la llegada de la libertad política a Cuba. Estamos, pues, ante la consagración de una política exterior: la alianza sin matices con Washington. La frase final de Aznar sonó incluso a compromiso matrimonial ante el altar: «Siempre juntos por la democracia y la libertad del mundo». ¿Representa esto el sentir de toda la sociedad española? Obviamente, no. Por tanto a la euforia y a las efusiones de ayer corresponden al menos tres dudas de futuro. Éstas: una definición tan concreta y radical de la política exterior, ¿no merecería algún tipo de consenso con las demás fuerzas políticas? ¿No arriesgamos demasiado al jugar a la distancia con Francia y Alemania? Y, por último, ¿es un acierto ligarse tanto a la política de Bush y su destino? No tengo respuesta. El sonido de tanto aplauso no me permite verla todavía.