NUEVA ZELANDA se halla justo en ese punto geográfico que los marineros gallegos llaman con acierto «o cu do mundo». Ocupa la mitad de superficie que España y sólo cuenta con un millón de habitantes más que Galicia. Pero desde hace tres años, Nueva Zelanda está en el centro del mapamundi, gracias exclusivamente a las neuronas de un tipo gordecho, de barbas, melenas y bermudas: Peter Jackson. Jackson fue un crío excéntrico. Tenía la cabeza repleta de morralla de serie B y filmaba peliculillas caseras con la súper 8 de su padre. Luego consiguió hacer cine, pero le seguía derrapando la cachola: su primer filme se llamó Mal gusto y era una historia gore protagonizada por alienígenas. Aquí en Galicia, a un chaval así le sugeriríamos que tuviese sentidiño, que se centrase, que no se metiese «na droja » y que se presentase a oposiciones para ser conserje en una oficina de la Diputación de Lugo. Pero Jackson encontró un entorno favorable a sus ocurrencias creativas y acabó convenciendo a Hollywood para que le adelantase 300 millones de dólares para rodar El señor de los anillos . Fin del cuento: la película más taquillera de la historia se rodó integramente en Nueva Zelanda, dio trabajo a 2.800 personas, disparó el turismo como nunca antes y creó allí, en las antípodas y con capital local, una de las productoras de efectos especiales más punteras del mundo, Weta Workshop. Hoy, Peter Jackson es aclamado como un héroe por sus paisanos. Pero por supuesto, no les endilga discursos, ni va de gurú político ni de geoestratega planetario. Una vez que han acreditado año tras año su admirable capacidad de compromiso, a los profesionales del cine español, un gremio subvencionado por el Gobierno, se les agradecería que dejasen de gimotear contra el libre mercado (Repsol, el Santander o Zara también se baten con las multinacionales americanas) y comenzasen a contar historias con gancho, inventiva y magia que nos atraigan. De todas formas, vamos teniendo poca fe en un colectivo tan hábil para los negocios que sitúa la retransmisión del punto cumbre de sus premios Goya en pleno prime-time : ¡a las dos y media de la madrugada! Entre «Médem sí» y «Médem no», se olvida lo sustancial: sólo el 16% del público español se interesa por las historias que rueda esta entrañable gente.