Sin control

| PABLO GONZÁLEZ MARIÑAS |

OPINIÓN

UN COLEGA universitario suele decir que «sin control no hay democracia», a lo que me gusta apostillar que por favor no diga obviedades. Pero él insiste, quizá por aquello de que repitiendo se logre asentar tal verdad en la realidad política. El espectáculo de Alain Juppé condenado por financiación ilegal, de Cossiga sobornado por Parmalat, de Blair exculpado por los pelos en el informe Hutton cuya imparcialidad no se cree ni la mitad de los británicos, o de ese histriónico Berlusconi que, declarada inconstitucional la ley de inmunidad que él mismo propició para amparar su corrupción, trata ahora de acomodar a ella la Constitución y suspender el juicio reiniciado, constituyen gruesas perlas de aberrante soltura de todo control. El mecanismo de contrapesos diseñado por Montesquieu es ya simple apariencia y debe ser sustituido por otro adecuado a esta nueva y temible realidad estructural. Un gran reto para los politólogos que, hoy por hoy, denuncian, pero no inventan.