EL ASUNTO Carod y su entrevista con ETA sólo es comprensible desde la observación rigurosa de las ambiciones políticas del dirigente republicano, formalizadas ahora gracias a la debilidad de PSOE, la fragilidad misma del PSC y la falsa visión del resto de España sobre la compleja realidad actual de Cataluña. Si los catalanes hemos sido durante años ejemplo de innovación sabiendo cómo rentabilizar nuestra riqueza en el ámbito empresarial, cultural o de creación de empleo, ya no es así. Cataluña tiene síntomas de una depresión que sin ser profunda requiere de tratamiento rápido y eficaz. Si bien es cierto que los veintitrés años de pujolismo pusieron en marcha algunas políticas necesarias para adecentar el país y ponerlo al día tras el franquismo, también lo es que se entretuvo demasiado con los símbolos patrióticos convirtiéndolos en caricatura del hecho diferencial catalán. Resultado: una endogamia asfixiante en la que ha crecido una burocracia monumental encargada de fundir los plomos cuando los escándalos financieros abrumaban por doquier -recordemos sólo el caso Banca Catalana-,y volver a dar la luz por el método de todo por la patria. Si en la Cataluña ensimismada escaseaban las inversiones de todo tipo y se desmantelaban empresas tradicionales de gran envergadura, la capital, Barcelona, tras el éxito de los JJ. OO., se entregaba exclusivamente a la industria turística, cada año de peor calidad, sin control alguno y sin medir las correspondientes consecuencias como son las caprichosas oscilaciones de dicha industria. Esta improvisación del disparate además de verse apoyada por la patriotera burocracia contó con : 1) la complicidad, por omisión, de un PSC perdedor en cada elección, sin proyectos innovadores ante los nuevos tiempos de globalización y con otro muro de burocracia propia para sostener la fidelidad de los suyos, 2) los reveses del PSOE entregado a los escándalos, a la corrupción y a las divisiones internas que siempre avergonzaron en Cataluña; 3) el emerger de una derecha española temida y aborrecida por las llamadas izquierdas catalanas que nunca supieron tomarle la medida al potencial del adversario ni con la vara de medir de una guerra o del chapapote; y 4) esa espesa niebla tras la que nos mira España que propicia una idealización que nos aísla. Es en este contexto que emerge Carod como figura clave en la política catalana. Maragall perdió de nuevo las pasadas elecciones y el PSC a punto estuvo de cerrar por defunción dadas las fisuras internas en su propio partido cansado de esperar un poder que no llegaba, agravadas ahora por ese añadido imperfecto que es la formación Ciudadanos para el Cambio -invento del propio Maragall- con no pocos desacuerdos. Carod no esperaba tantos votos y esa realidad nueva puso de manifiesto su desmesurada ambición política. El nuevo líder, lejos de ponerse a disposición de un nuevo proyecto político necesario, se preparó para ensalzarse como héroe, salvapatrias y salvapartidos que en su delirio negocia por libre con ETA en nombre de «la paz y el diálogo que ni UCD ni PSOE ni PP pudieron conseguir». La crisis está servida si se aplaude su vocación de héroe en estos tiempos en que se hace imprescindible un buen trabajo de equipo. Su heroicidad -él lo llama coraje-, costará cara a un Zapatero, obligado por las circunstancias a presentar un partido cohesionado con el zurcido catalán que maneja el héroe que, ahora como nunca, va a vender independentismo pacifista y su concepción de libertad mientras la mayoría de catalanes nos veremos secuestrados por una crispación pacífica que no queremos. Cataluña ha de volver a encontrarse a sí misma y recuperar la confianza perdida por su propio bien y por el bien del resto de España en estos momentos complejos de mundialización. Al héroe Carod lo hemos parido desde nuestra debilidad y no desde un justo juego democrático y no conviene dejarle crecer en lo que todo héroe tiene de tirano. Maragall ha de saberlo y poner los puntos sobre las íes desde su condición de president, por debilitada que esté. PSOE, CIU y PP están en condiciones de ver Cataluña en su justa dimensión actual, su justa singularidad y potencial en lugar de contemplarla como un caso aparte.