LA ALDEA GLOBAL
24 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.DE NIÑO, en la década de los cincuenta, España era el acomplejado y ridículo mundo de lo oficial y Galicia el arcaico pero entrañable ámbito de la gente más humana. Ambas esferas las miraba desde la inevitable comparación del mundo soñado que se desprendía del mejor cine. No éramos americanos, ni ingleses, ni franceses, ni siquiera italianos; habíamos nacido en un lugar equivocado, nuestra patria emocional yacía en tierras lejanas. Pero en aquellos tiempos nuestra gente se quería y se sufría intensamente, estaba muy motivada para superarse y en los jóvenes ponían todas sus esperanzas. Fuimos muy afortunados por crecer entre personas vitalistas, sacrificadas y con principios. Sus carencias de preparación técnica eran subsanables; con el tiempo nos formamos lo suficiente para perder esos complejos. Lo curioso es que ya en la universidad y cuando todos comenzamos a viajar, encontramos que en el resto de España la gente era como nuestro espejo. No percibimos barreras a la comunicación, al contrario, España era una fiesta en la que se ampliaban los horizontes, cobraba otro sentido el esfuerzo propio, se conocían personas de calidad y se enriquecía el estar en el mundo. Nos ayudaba a contextualizar las señas de identidad. Lo mismo acontecía al salir de España, pero el idioma, la educación y la diferencialidad de los problemas hacía que no fuera lo mismo. Fuera siempre había algo extranjero. Durante un largo período trabajé en áreas de la economía territorial, de relaciones entre ciudades, regiones y países. La profesión reforzó anteriores apreciaciones emocionales: la integración de las regiones en los estados era fructífera y la apertura de las naciones, un avance civilizatorio. Iba en contra de una corriente de pensamiento que entendía que la integración de Galicia en España era la causa esencial de su atraso, el eje explicativo de nuestros problemas. El galleguismo económico y el nacionalismo político tenían como núcleo teórico el diagnóstico colonial, una hipotética subordinación de la periferia gallega al centro español. De ahí la necesidad de la independencia, del nacionalismo como vía para la liberación y el desarrollo de Galicia. Sin ella entraríamos en la senda circular del subdesarrollo. No compartí esta visión, ni personal ni académicamente. Con la democracia llegó más libertad responsable y con la autonomía la posibilidad de demostrar nuestra propia capacidad. No todo fue positivo, ni mucho menos, incluso todo pudo echarse a perder. Y problemas y miserias no faltan ahora, pero hay otra confianza. El progreso español se generalizó en todas sus comunidades; los gallegos nos vemos donde nunca nos habíamos imaginado y España ha demostrado ser un notable apoyo. Incluso para los cínicos es un negocio interesante. Para mí, un lugar en el que viven otras gentes como nosotros mismos, que no bostezan ni aplastan sino que trabajan y acogen para la vertebración del país.