Pan para hoy, hambre para mañana

| ANXO GUERREIRO |

OPINIÓN

20 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

DURANTE demasiado tiempo, el Partido Socialista no se ha atrevido -en cuestiones decisivas, como la política vasca, la cohesión de España, la política económica o la inmigación- a impugnar el rígido marco conceptual establecido por el Partido Popular y, de hecho, ha asumido las duras restricciones que el Gobierno ha impuesto al debate político y, por tanto, a la democracia en nuestro país. Como consecuencia de ello, el PSOE ha cedido toda la iniciativa al PP, que no ha encontrado demasiadas dificultades para marcar el campo de juego que más le convenía en cada momento. Ahora, en los prolegómenos de la campaña electoral, al anunciar que el PSOE no formará gobierno salvo que sea el partido más votado, Zapatero reincide en el mismo error. Puede comprenderse que al PP, aislado políticamente y con serias dificultades para formar gobierno si no consigue revalidar la mayoría absoluta, le interese semejante propuesta. Pero resulta muy difícil explicar que el PSOE se empeñe en dificultar la alternancia, autoimponiéndose límites que no derivan de los principios democráticos que inspiran un sistema parlamentario como el que está vigente en España. ¿Por qué el PSOE ha de claudicar ante las descalificaciones que el PP dirige interesadamente contra los gobiernos de coalición y las alianzas poselectorales, absolutamente normales en una democracia parlamentaria con un sistema electoral proporcional? ¿Por qué el PSOE considera indeseable en España lo que es práctica habitual en las democracias más avanzadas de Europa? Porque, en efecto, gobiernos democráticos como los que deslegitima el PP y descarta el PSOE se han producido con frecuencia en Bélgica, Holanda, Austria o Italia. Especialmente relevante es el caso de Alemania, país que en las últimas décadas ha conocido gobiernos de coalición SPD-Liberales o CDU-Liberales, en detrimento de la mayoría electoral relativa (CDU o SPD según los casos), sin que a nadie se le haya pasado siquiera por la cabeza poner en entredicho la legitimidad de tales combinaciones políticas de gobierno. Con el compromiso adquirido, Zapatero no sólo no desactiva la estrategia electoral del PP, sino que asume, una vez más, las reglas del juego que impone su principal oponente político, y que sólo a éste benefician. Es dudoso, incluso, que la promesa realizada favorezca el pretendido voto útil al PSOE, si se considera que la actual correlación de fuerzas hace poco creíble que el Partido Socialista pueda, en los próximos comicios, adelantar electoralmente al PP. Pero quienes realmente pueden sentirse seguros con la propuesta de Zapatero son Fraga y el PPdeG. Si el PSOE es coherente con lo aprobado en su Conferencia Nacional hay que suponer que también en Galicia dejará gobernar al PP aunque pierda la mayoría absoluta, siempre y cuando este partido sea la lista más votada. Será difícil para el PSOE encontrar un argumento convincente que justifique una decisión en sentido contrario. En cualquier caso, la decisión de Zapatero resta credibilidad al PSdeG como alternativa de gobierno y da alas a los sectores socialistas gallegos que, en contraste con el proyecto defendido por Touriño, proclaman abiertamente su preferencia por un gobierno del PP en minoría a la posibilidad de una alternativa compartida con el BNG. En realidad, la iniciativa adoptada por Zapatero recuerda demasiado el conocido adagio: pan para hoy, hambre para mañana.