A ZAPATERO parecen gustarle los retos. Cuanto más dificultosos, mejor. En la convención política de los socialistas, celebrada el fin de semana en Madrid, se lo ha puesto difícil a sí mismo. Sólo si el 14 de marzo obtiene más votos que el PP intentará formar gobierno. De no ser así, se resigna a quedar en la oposición. Los socialistas estaban necesitados de golpes de efecto. Y en los últimos días han dado algunos, para entrar en campaña y rescatar la iniciativa que les había sustraído el PP. Pero quizás esa necesidad los ha llevado, en ocasiones como ésta, a colocar el listón excesivamente alto. O lo que es lo mismo, a ponerlo casi fuera de su alcance. Como gesto ético, llamativo y valiente, el compromiso de Zapatero no tiene objeciones. Como iniciativa para acallar las críticas de los populares que estuvieron recordando los pactos de Baleares, Aragón y ayuntamientos, donde quedaron desplazados pese a ser los ganadores, tampoco tiene reparo. Pero a nadie se le oculta lo arriesgado de su propuesta. De forma especial cuando ninguno de los sondeos de opinión concede a los socialistas posibilidad alguna de alzarse con la victoria. Quizás por eso, porque es consciente de la comprometida situación de la que parte, Zapatero se ha decidido a plantear un compromiso, que aunque cargado de sentido común, lo sitúa, una vez más, patinando sobre una fina capa de hielo. En busca del voto útil. Del voto de aquellos que guardaban dudas sobre la efectividad de sus papeletas. Y para despejar un panorama de pactos tremendamente sombrío por los que ahora mismo se mantienen en vigor. Rodríguez Zapatero ha realizado un arriesgado desafío. Es lo que le queda. Seguir sorprendiendo. Porque sólo propuestas audaces y resueltas pueden sacarlo de la insípida y anodina situación en la que parecía haberse acomodado.