LA CRISIS ECONÓMICA de comienzos de los años setenta, generada por problemas estructurales y coyunturales de aquella economía, nos llevó a un disparatado incremento del coste de la vida en un profundo proceso inflacionista, situando a la sociedad española en la consciencia de un necesario control de la economía. Los empeños, desde los inicios de la transición, para conseguir una transformación fiscal del país, con los consiguientes debates y campañas educativo-coercitivas, que modificaran hábitos arraigados en nuestra sociedad de rechazo al pago de impuestos directos, nos hicieron percibir la relación entre coste y servicios públicos. Se entiende pues que, en la sociedad española actual, impuestos e inflación se hayan convertido en un referente para valorar el buen gobierno y el bienestar social, hasta el extremo de que con estos conceptos se han desarrollado la mayor parte de los debates políticos en los últimos años, con el añadido del manido déficit cero. No es lugar, ni por capacidad propia ni por espacio, para analizar si estos elementos definen el bienestar, al menos sin atender a otros como servicios públicos, infraestructuras y desequilibrios sociales. Pero parece cierto que ningún partido político, o agente económico o social, puede actuar ante la sociedad sin tener en cuenta ambos: IRPF e IPC. Los indicadores cuantitativos son susceptibles de modificaciones en sus métodos de estimación. Parece humano, aún en su lado oscuro, que un gobierno se sienta tentado a encontrar las fórmulas que suavicen su incremento: modificando el pago de impuesto directos a través del IRPF, o actualizando (sic) el método de estimación del IPC. Y así se ha hecho. Al fin quien gobierna sólo desea cumplir los más profundos anhelos de la sociedad que gobierna, o al menos convencerla de que así lo hace. Realidad o propaganda Por tanto no se me ocurre discutir que el impuesto del IRPF haya bajado, ni que el IPC no tenga sobrepasado el 3%. Pero el IRPF ya no indica cuántos impuestos pagamos, ni el IPC es indicador del incremento del coste de la vida. Porque, si no, ¿cómo es posible entender que las patatas hayan subido un 30%, la gasolina en los últimos 15 días un cinco, y la presión fiscal entre un dos o un tres por ciento? Lamento desconocer qué pasó con los garbanzos, pero ahora somos ricos. Disculpen.