MOHAMED Kamal Mustafá, imán de Fuengirola, en Electromagnetismo es excepción a la regla de que los imanes atraen. Este imán repele como autor de La mujer en el Islam con un apartado de Ginecoplegia o vicio de zurrarle a la parienta o aunque no sea parienta, pues a estos imanes y a sus parroquianos, como a Don Giovanni según Leporello, «purché porti la gonnella», con tal de que tenga falda (o, preciso yo, esté tapizada de negro), les basta. Y dice el muy experto que «los golpes deben administrarse en unas partes concretas del cuerpo, como los pies y las manos, debiendo utilizarse una vara no demasiado gruesa para que no deje cicatrices o hematomas en el cuerpo». No parece que cicatrices y hematomas importen a efectos penales en esa sociedad, pero tampoco cargaré las tintas en sospechar que atender a pies y manos tenga como principal objetivo del macho batiente no deteriorar otras partes del cuerpo femenino a batir esenciales en los juegos de cama y descanso del guerrero y patatín patatán de toda la prosamierda del machismo que no escampa. Y precisa el muy, pero que muy experto que «los golpes no han de ser fuertes y duros porque la finalidad es hacer sufrir psicológicamente y no humillar y maltratar físicamente». Para esta tropa la ley debería tener la agravante de ensañamiento con recochineo sádico. Un golpe fuerte que te abra la cabeza es un golpe, si se me permite, natural en un animal con arrebato de ira. Un golpe que quiere hacer sufrir psicológicamente, por suave que sea, ya no es golpe de animal, es golpe de cabrón con pintas que explota a fondo la condición humana de la víctima para causarle el peor tipo de dolor. Ya me explicará el barbián cómo hace sufrir psicológicamente sin humillar. Su defensor dice bien, pero en vano, que «se ha hecho un juicio al islam», al menos al islam de su cliente. Un país con leyes y derechos civiles no debe dar cancha ni púlpito a memeces inhumanas, por mucha teología y tradición que se les meta, y si nos alega que las estaba suavizando, le diremos que todavían rascan y el único suavizante de curso legal es la papelera. Porque el escape de que solamente escribía para la mujer musulmana es ya el colmo de la estupidez; un colmo al que esperemos que conteste cuanto antes la mujer musulmana, todas a una y que el mustafá de turno se entere de lo que vale un peine. Y para mustafá-mustafá, el macho ibérico -¡nada de islam, todo P. Astete y don Pelayo!- que, cuchillo en mano, tira a su mujer desde una altura de seis metros y el Supremo no considera probado que tuviera ánimo de matarla y lo premia con una rebaja. Hermosa sentencia y hermoso considerando, digo yo, porque para matarla hace falta un mínimo de 7,25 metros. Lo sé por experiencia. Sentencias tan hermosas como ésta es pena que sean de tan fácil recurso por error en la calificación de los hechos, pues dicen que «la arrojó al vacío» y no estaba vacío: había un 78% de nitrógeno, un 21% de oxígeno, un 1% de gases nobles y el empedrado, que complicó las cosas.