EN EL CONFLICTO de Sada hay, sin duda, muchas cosas discutibles. Resulta discutible, por ejemplo, si la fórmula de gestión más democrática es la que apuesta por dejar fuera del gobierno al partido que, aun contando con el mayor número de votos, ha obtenido, sin embargo, un concejal menos de los que constituyen la mayoría absoluta indispensable para evitar el pacto de todos en su contra. Es discutible, también, si los eventuales errores de gestión del actual equipo de gobierno justifican la decisión de censurarlo. Y lo es, en fin, si un concejal debe, por disciplina de partido, apoyar a un gobierno que considera lesivo para su demarcación municipal. Frente a tales incertidumbres existen, en todo caso, certezas políticas que permiten obtener algunas conclusiones relevantes sobre quien está hoy en Sada del lado de la ley y la limpieza democrática, y quien del lado oscuro de la fuerza. La primera y principal: que nuestra legislación electoral determina con meridiana claridad que la lista más votada sólo se convierte en equipo de gobierno si los restantes concejales no son capaces de formar una mayoría alternativa. La segunda: que el PSOE y el PP firmaron en su día un pacto antitransfuguismo en que asumían el mutuo compromiso de no presentar mociones de censura apoyadas por un tránsfuga. Y tercera: que si un concejal entre en conflicto con la posición institucional de su partido, lo que exige la decencia democrática es que dimita y deje que otro ocupe su lugar. A la luz de estas certezas, lo sucedido en Sada constituye sencillamente una vergüenza. Y una suprema muestra de cinismo. Cinismo, por supuesto, del cabeza de lista socialista, que justifica su traición en el linchamiento del que, según declara, ha sido objeto. Un linchamiento, claro, que el supuesto linchado podría haberse evitado, sin necesidad de traicionar a su partido y sus votantes, haciendo cualquiera de las dos cosas a las que le obliga el compromiso contraído con el uno y con los otros: o cumplirlo o resignar su escaño y, ¡ay!, marcharse para casa. Pero cinismo también, y no pequeño, del PP, que anuncia a bombo y platillo unos expedientes disciplinarios contra sus concejales que -es bien sabido- no son más que meros fuegos de artificio: si quisieran evitar la censura de verdad, a los líderes del PP les bastaría con llamar a capítulo a alguno de los ocho díscolos de Sada, cosa que seguro pueden hacer... pero no hacen. Y es que tanto los dirigentes populares como el impopular Santamaría parecen haber decidido, ¡pobriños!, asumir su cruz y sufrir hasta que pase el temporal. Es la práctica de lo que podría denominarse, ¿por qué no?, el sadamasoquismo.