LA CONSTATACIÓN empírica de una balanza fiscal positiva en Galicia -es decir, lo que recibe del Estado menos lo que aporta- deja al BNG sin aval teórico susceptible de escarbar en la llaga del agravio comparativo. Pero si las cifras no les resultan favorables a su ensimismada estrategia victimista, siempre les queda el recurso de enredar y practicar patriotismo revanchista. Ante el órdago lanzado por Carod y Maragall reclamando un estatus fiscal similar al que goza el País Vasco, los enviados de Castelao en este bajo mundo se han visto obligados a colgarle al Gobierno central «la voluntad de ocultar el verdadero balance fiscal de Galicia» al no tomar en cuenta la domiciliación en Madrid del Impuesto de Sociedades (IS) de algunas empresas «gallegas». Soslayando las cifras astronómicas que España enterró en Galicia por mor de reestructuraciones y subvenciones -y que un pedido del Estado a Izar, ex Astano, supera el montante susceptible de serle recaudado en cien años-, cabe señalar con relación a Citroën, por ejemplo, que los andaluces también podrían objetar que la venta de coches de esa marca en su comunidad conlleva una punción impositiva que se transfiere fuera. En consecuencia, de aplicarse la redistribución del IS en función de la actividad regional de cada empresa, la reversión impositiva neta para Galicia (...en años fiscales con beneficios) proveniente de la empresa francesa, que no gallega, sería poca cosa comparada con los tres mil millones largos de euros que recibimos de Madrid vía transferencias y la caja única de la Seguridad Social. Asimismo, ¿imaginan ustedes el desbarajuste y la complejidad que traería cruzar indefinidamente datos interregionales -el white noise de los económetras- de este tipo? El remedio (y el balance) sería peor que la enfermedad ya que el Pastor, Coren, Zeltia, Inditex, las Caixas, Pescanova y decenas de otras empresas gallegas activas en el resto de España, tendrían que desglosar sus balances y someter el IS al enmarañado arbitrio de 16 agencias tributarias, además de la gallega y la central. Cualquier economista de fuste -y en el campo de la geografía económica, Galicia cuenta con eminentes profesores como González Laxe o Precedo Ledo- enseña que los territorios ofertan dos tipos de atractividad. Uno relativo a la ubicación de los establecimientos, o plantas, y otro concerniente a los centros de decisión. El nacionalismo periférico es nefasto para ambos: el ejemplo de Cataluña es apabullante. La caída de la calidad en la administración autonómica catalana, al favorecer abusivamente a los mediocres pertrechados de una licenciatura en catalán y mantener una cantera de votantes paniaguados, es de tal envergadura, que los resultados escolares están entre los peores de Europa, negándose la Generalitat en la actualidad a suministrar datos por el sonrojo que causan. Las empresas extranjeras están ahítas de la ineficiencia que genera ese sistema y han dejado de considerar a Cataluña como el principal enclave de localización en España: en 1975 había en Barcelona 88 sedes sociales de grandes empresas y 62 en Madrid, mientras que en el 2000 había 61 en Barcelona y 140 en la capital de España. En lugar de andar enredando, el nacionalismo gallego, si fuese más honesto intelectualmente y más lúcido políticamente, debería tomar ejemplo de sus homólogos vasco y catalán no para seguirlos, sino para apartarse de su decurso cual gato escaldado de agua hirviendo.