EL ALUVIÓN de propuestas con que los socialistas están inundando el país les está sirviendo para acaparar titulares de prensa y para tomar la iniciativa ante los populares, que se han decidido por una precampaña más sosegada. Quizás convencidos de la ventaja con la que parten y de que de aquí al 14 de marzo mucho ha de llover para que se la neutralicen. El equipo de Rodríguez Zapatero ha puesto sobre la mesa el esbozo de lo que va a ser su programa de gobierno. Si logra ganar. Con problemas cotidianos que a todos afectan. Y con otros bien lejanos que a pocos preocupan. Pero uno tras otro, han prometido actuar sobre la violencia de género, discriminación de homosexuales, aborto, rebajas fiscales, regulación de la eutanasia y listas de espera de la sanidad. Y este fin de semana, la educación y la cultura. Convencidos como dicen estar de que el futuro del país ha de asentarse sobre estos dos pilares. Y para ello propugnan reformas radicales. Pero los socialistas han vuelto a caer en los errores de todos y de siempre. La ausencia de una financiación creíble. La gratuidad de libros, un ordenador para cada dos estudiantes, ampliación del horario a doce horas todos los días de la semana y concesión de becas al 40% de la enseñanza no obligatoria, son propuestas que todos compartimos y ansiamos. Pero no van a caer del cielo. Como el maná. Nada coherente se ha escuchado estos días sobre la forma en que Zapatero y sus muchachos harían frente a estas mejoras. Porque no es serio hablar de la creación de fondo estatal, ni del aumento de la inversión pública en un punto. Sobre todo cuando acaban de comprometerse a bajar los impuestos y a un equilibro presupuestario. Y es que ya alertaba Quevedo: «Nadie ofrece tanto como el que no va a cumplir».