HASTA AHORA, los gallegos nos sentíamos muy ufanos ante los éxitos alcanzados por nuestros mandatarios en el delicado arte del nepotismo. Como es sabido, tal práctica consiste en dar preferencia a la parentela a la hora de ocupar empleos públicos. La labor pionera en este campo de ciertos líderes de Lugo y Ourense y de algún cargo de la Xunta ha sido brillante y muy celebrada. Sin embargo, desde autonomías teóricamente más avanzadas, tipo Cataluña, nos llovían los palos. Los analistas de las comunidades punteras nos afeaban el talante fraternal de algunos de nuestros dirigentes, auténticas madres Teresas a la hora de buscar un chope para hijos, sobrinos y vecinos varios. El análisis foráneo era casi siempre el mismo: «En Galicia aún perdura el caciquismo, por eso allí pasa lo que pasa». Pero ahora todo ha cambiado. Cataluña, siempre en la vanguardia, acaba de enseñarnos que el enchufe y el dedazo también pueden ser acciones progresistas. El nepotismo lucense-ourensán, que tanto nos admiraba por ese refinamiento que lo hace impermeable a la Justicia, se queda radicalmente obsoleto ante la modernización que acaba de acometer Carod Rovira. El conseller en cap ha nombrado a su propio hermano Apeles director general de Asuntos Interdepartamentales de la Generalitat. Inquerido sobre si eso no era echarle mucha cara, Carod se despachó así: «¿Quién mejor que un hermano para un cargo de confianza?». Siguiendo la lección ética de Carod Rovira, Maragall y Nadal también han encontrado cholletes gubernamentales para sus hermanos. Es nuestro sino: para una vez que éramos líderes en algo, ya nos han superado.