CREO QUE ERA Enrique Líster quien contaba, para meterse con Carrillo, que el durante muchos años dirigente comunista solía impedir toda discusión en el comité central de un partido entonces todavía clandestino (el PCE de los sesenta) llamando a gritos ¡a votar! en cuanto se planteaba la más nimia discrepancia. Consciente Carrillo de estar en mayoría, ¿para qué sufrir las incomodidades de un debate? A votar, a ganar, y santas pascuas. Salvadas todas las distancias, ese es también el leninista planteamiento del PP para negarse a que discutan en la tele los dos únicos candidatos, Rajoy y Zapatero, que tienen posibilidades de ocupar la presidencia del Gobierno: ¿por qué arriesgarse a debatir si todas las encuestas dan por descontada la victoria de Rajoy? Despachemos cuanto antes las engorrosas elecciones y a seguir gobernando, que es lo que cuenta: eso deben pensar la mayor parte de los dirigentes del PP. Aunque, ciertamente, no todos lo manifiestan con tanta desvergüenza, parece fácil percibir que tal es la idea que late en las descaradas expresiones de Arenas o Zaplana. Hay que reconocer, en cualquier caso, que la tendencia a concebir las elecciones como un incordio no es exclusiva del PP sino característica de casi todos los partidos gobernantes, que tienen lógica querencia a seguir en el machito. No es, por tanto, la negativa del PP a celebrar debates con otros candidatos la que, en sí misma, resulta ofensiva para los electores españoles, pues todos sabemos bien que los candidatos de los partidos que gobiernan suelen negarse a debatir, tanto como suelen solicitar esos debates los de los que están en situación de oposición. En realidad lo auténticamente ofensivo de la postura del PP es la argumentación oficial destinada a justificar su negativa, argumentación que presupone que los ciudadanos somos idiotas. Según ella, el debate es improcedente porque el PSOE no aspira a gobernar en solitario sino a hacerlo en coalición. Bueno, ¿y qué? Lejos de ser ese un motivo para que no haya debates, lo es más bien para todo lo contrario, pues serían aquéllos precisamente los que deberían servir para aclarar cuál es la oferta de gobierno del PSOE. ¿Se imaginan un debate televisado entre Rajoy y Zapatero en que, por ejemplo, el segundo pudiera exponer cómo financiará la tómbola que incluye en su programa y el primero contestar a la pregunta de si seguirá considerando como enemigos del Estado a los presidentes autonómicos que no son de su partido? Esas dos respuestas valdrían, a buen seguro, por todos los insultos, descalificaciones e improperios que nos veremos obligados a escuchar durante los próximos dos meses.