EL DIRECTOR de la Red Nacional de Bancos de Tumores se ha descolgado con unas declaraciones que, cuando menos, demuestran bastante desconocimiento de lo que es la bioética: «La bioética actual nace del miedo, no de la fe y la esperanza en el hombre». Si sabe lo mismo de patología que de bioética, ¡Dios nos coja confesados! Resulta curioso, fue precisamente un oncólogo el que acuñó el término bioética en 1970: Potter era un científico de reconocido prestigio, pero los árboles no le impedían ver el bosque. Era consciente de que la tecnología traía grandes beneficios al ser humano, pero que una aplicación inadecuada de la misma podía de la misma manera complicarnos la existencia. Y clamaba por una ponderación de las cosas en juego, ni más ni menos. La valoración de riesgos implica análisis y evaluación de las probabilidades de los resultados negativos, sobre todo de los daños, y establece la aceptabilidad de los riesgos identificados y estimados, a menudo en relación con otros objetivos. Luego hay que gestionar esos riesgos, es decir, dar una respuesta individual e institucional al análisis, incluyendo las decisiones de reducir o controlar los riesgos evidenciados. Debemos ser conscientes de que la valoración y gestión de riesgos están cargadas de incertidumbre; entonces la pregunta es hacia qué lado equivocarse: ¿nos quedamos cortos o usamos manga ancha?. En general el patrón de la prueba fija el riesgo de error que es aceptable. La aceptación de un nivel de confianza cualquiera, aceptar cualquier patrón de evidencia, presupone consideraciones morales, sociales y políticas. Un tema relacionado es quién tiene la carga de la prueba. Lejos de ser una cuestión neutra, situar la carga de la prueba refleja unos determinados valores. Finalmente, hay que tener en cuenta que la percepción de un individuo o de un grupo acerca de los riesgos puede variar de la evaluación de un experto; además, puede depender -y mucho- de cómo se los presentemos, ya sea en términos de probabilidad de muerte o de supervivencia, por ejemplo (el vaso medio lleno o medio vacío). Lo bueno de todo esto es que las visiones sobre el riesgo pueden estar equivocadas y pueden ser corregidas: la bioética nació para colaborar en esta tarea y propiciar una auténtica democracia deliberativa, en la que la sociedad toda se informa, debate y fija los límites que considera admisibles en la investigación biomédica y el respeto al medio ambiente. También los investigadores que firmaron en 1972 el informe Los límites del crecimiento fueron tachados de utilizar una heurística del miedo, pero la realidad, que es muy tozuda, les dio la razón y hoy nadie niega la crisis medioambiental. Ese informe no trataba de un futuro prefigurado. Versaba sobre una elección. Contenía una advertencia, sin duda, pero también una promesa, un reto: cómo lograr una sociedad materialmente suficiente, socialmente equitativa y ecológicamente perdurable, más satisfactoria en términos humanos que la sociedad de nuestros días obsesionada por el crecimiento económico. Los que nos dedicamos a la bioética pensamos que la raza humana está preparada para ese reto. Pensamos que es posible un mundo mejor, y que la aceptación de límites físicos y morales es el primer paso para alcanzarlo. No es miedo, es prudencia acrisolada con los datos de la Historia: el hombre puede hacer cosas muy buenas, pero también puede cometer tremendas barbaridades (a veces, incluso, en el nombre de Dios o de los grandes ideales humanos).