EN VÍSPERAS de Inocentes, la Real Academia Gallega regaló al país la edición de unas Normas ortográficas e morfolóxicas de la lengua, que acomodan las ya existentes al gusto de las discrepancias. Bendita la concordia, aunque sólo sea la gráfica. La disputa sobre cómo escribir nuestro idioma estaba resultando un latazo insufrible y un caso de desobediencia civil. Desde que se aprobara, la normativa oficial encontró la enemiga pública y publicada de unos grupos de entusiastas que la acusaban de estropear el gallego por arrimo al castellano y de apartarlo de la tradición medieval y del portugués hodierno. Nunca aclararon a santo de qué, siendo el gallego y el castellano romances hijos del latín, tenían que dejar de parecerse ni la ventaja de empotrar el gallego del norte en el que lo fue del sur. Mientras la filología nacionalista discutía sin tasa los detalles decorativos de la «casa del ser», los inquilinos del gallego se mudaban a la segunda vivienda propia, que ofrece instalación y vistas atractivas. Informes fiables indican una deshabitación muy acelerada, tanto que algunos expertos han levantado la alarma: de no invertirse la tendencia, la lengua de Cunqueiro no cumplirá mil primaveras más. Hay base para temer que los que renuncian a hablarla no harán ningún esfuerzo en aprender a escribirla. La reforma aprobada tiene el mérito de que, al consagrar la opcionalidad, impedirá a los profesores del ramo machacar al estudiantado por un quítame allá un Galiza y ponme acá una omeleta , que es tortilla a la lusitana y no predicador de homilías. Subirán las notas medias. Pero los puristas desatinaron en la condena de nembargantes , que tildan de creación vulgarizante. Esperemos que los galleguistas de pro no renuncien al uso de una de sus palabras favoritas.