CÉSAR CASAL GONZÁLEZ | O |
01 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.EL PORSCHE tiene algo de animal salvaje, el comportamiento de un animal salvaje que araña, que hiere el asfalto. El porsche es un tigre de cilindros. El porsche rojo castiga la vista, la ciega. El porsche rojo tiene algo de mujer, tigresa de terciopelo rojo que se desliza sobre un piano, que canta mientras las caderas se deslizan por el piano, que canta con la boca de carmín rouge a juego con el vestido rojo, que caerá en la intimidad del cuarto, como una bandera que se arría. El porsche es mucho más que un coche, neumáticos, válvulas, tornillos. El porsche tiene un interior de cuero, un lecho de cuero. A los porsche hay que domarlos en las autopistas, en las avenidas nocturnas, vacías, de la ciudad, con los brillos de las farolas en las ventanas de los rascacielos, en el capó del porsche y en las gafas negras que la chica no se quita, aún. El dueño del porsche acaricia el coche como acaricia a la chica, posesiones. La chica de las gafas negras sólo se las quitará para enseñar sus ojos verdes de menta, verdes como el hielo verde, que corta, de un diamante. Hay días que ves pasar un porsche, pocos, y se te ocurre toda esta literatura machista. Hasta que, del porsche, se baja un hortera, un futbolista, y te corta la mahonesa. cesar.casal@lavoz.es