NADIE puede discutir a los católicos el derecho a presentar a la sociedad civil sus propuestas éticas: cae dentro del de libre expresión. Pero hasta los artículos más nobles desmerecen si llegan al cliente con mala envoltura. No envolvieron bien el gran mensaje los predicadores navideños, repitiendo los cuatro tópicos sobre el consumismo y unas cursilerías sobre la escena del portal, que ocultan la lección que en el nacimiento de Jesús está más clara que la sopa de un pobre: que el Niño nació como un marginado. Un obispo llegó a denunciar competencia desleal por parte del mercantilismo imperante: «¡Nos están robando la Navidad!». Y eso que la navidad cristiana se inventó para desplazar a las Saturnales romanas, en las que era costumbre intercambiar regalos. Otros prefirieron hacer política denunciando las amenazas a la familia tradicional y la falta de natalidad. La palma se la llevó el arzobispo de Madrid que reclamó a los matrimonios más hijos, porque de lo contrario no habrá quien mantenga la Seguridad Social. Vaya cambiazo: antes nos pedían que criáramos muchos hijos para el cielo, y ahora para que financien la solidaridad intergeneracional. Don Carlos Marx estaría encantado de ver cómo un purpurado encuentra aplicación espiritual a sus materialistas análisis sobre la importancia de la economía. Para intentar parar la imparable corriente de opinión favorable a reconocer por ley otras formas de aliviar la soledad y la carne, pues de camino le mandó el cardenal Rouco un duro viaje a los homosexuales y valedores. El eufemismo «inversión antinatural» no pasa de desconsideración moral. La Buena Nueva lo será si difunde alegría y paz en el corazón del oyente. El mensajero de ideas apolilladas, palabras ásperas y tonos coactivos no debería quejarse por no ser escuchado.