TRATAR DE resumir un año entero en los 2.700 caracteres que ocupa esta columna es como intentar meter un mar en un jarrón. Vana pretensión no sólo porque un año, como un mar, es siempre inmenso, sino también, y sobre todo, porque cada uno recordaremos el que hoy termina no por lo que en él ha sucedido sino por lo que en él nos ha pasado: por quién ha llegado y por quién se nos ha ido, por nuestros fracasos y victorias, por nuestros sueños y nuestras decepciones. Como cada uno sabe, claro, de su historia, el resumen que ahora les propongo no es más que una forma de acercarse a los datos que en 2003 han condicionado de un modo u otro la de todos. La política internacional ha estado marcada por una guerra, la de Irak, que sigue abierta mucho después de que se la diera por oficialmente concluida. Una guerra que ha arruinado la credibilidad de Estados Unidos ante una buena parte de la opinión pública mundial; que ha abierto una brecha histórica en Europa y entre Europa y Norteamérica; y que ha demostrado una vez más que no se puede engañar a todos todas las veces. Aunque el año se cierra con el sátrapa piojoso encarcelado, seguimos sin saber cómo finalizará una aventura militar que nunca debería haberse producido. De hecho, la decisión de Aznar de meter a España en esa guerra ha sido también el hecho más relevante de la política nacional en 2003. El presidente consiguió con ello trabar una coalición que a punto estuvo de llevarse por delante la mayoría del PP. Las municipales demostraron, sin embargo, su capacidad de recuperación, y las dificultades del PSOE para convertir en votos la ola de malestar provocada por la guerra y la desastrosa gestión de la crisis del Prestige. Si el fiasco de Madrid puso la guinda a esa impericia socialista, el irresponsable proyecto independentista en dos plazos de Ibarretxe, con el que el PNV intenta sacar su tajada antes de que una ETA más débil que nunca sea definitivamente derrotada, acabó por conducir la política nacional hacia un terreno -el de la unidad de España- que sólo puede beneficiar al Partido Popular. ¿Y en Galicia? Pues, en Galicia, como siempre: con Fraga, como si tal cosa, gobernando y sus opositores, como si tal cosa, peleándose entre sí. En 2003 se han jubilado los últimos de Filipinas de la transición política española (Arzalluz y Pujol) dejando al presidente de la Xunta como único ejemplo vivo de la política del siglo XX en el siglo XXI. Elevado su más probable sucesor -Mariano Rajoy- a la condición de heredero nacional, ya casi nadie habla por aquí de sucesión, pues casi todos vamos asumiendo que podría resultar que fuera Fraga Iribarne quien sucediera, al fin, a Manuel Fraga.