Otra receta para salir del rincón

| XOSÉ LUIS BARREIRO |

OPINIÓN

26 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

PARA SACAR a España del rincón de la Historia, el presidente Aznar no encontró mejor solución que ir a la guerra de Bush. Bien pagado de su teatral firmeza, y deseoso de llenar su álbum familiar con fotos hueras y engoladas, el hombre que hemos elegido para gobernar la entrada en el tercer milenio no dudó en romper nuestra política de colaboración con Europa y nuestra bien ganada amistad con los árabes y los hispanoamericanos, para situarse al lado de los que consideran que la infantería de marina sustituye con ventaja a la legalidad internacional y a las resoluciones de la ONU. Y esa es la razón por la que, mientras el conflicto de Irak va camino de convertirse en uno de los episodios más dramáticos y lamentables de la postguerra mundial, los españoles ya hemos enriquecido nuestra historia con algunos sucesos tan notables como el accidente del Yakolev, la muerte de siete espías militares, y el inolvidable «¡Viva Honduras!» que nuestro heroico ministro de Defensa pronunció ante las tropas de Guatemala. Sin echar cuentas del coste que tienen estas estériles aventuras, y sin pararme a pensar en los esfuerzos que va a tener que hacer Mariano Rajoy para rectificar tantos frentes abiertos, estoy convencido de que hay otras formas más eficaces de salir del rincón de la Historia, que son más acordes con la moral de las gentes y con las nuevas tendencias del Derecho internacional. Y por eso quiero recordarle a Aznar lo mucho que nos gustaría que nuestro Ejército estuviese preparado y equipado, entre los mejores del mundo, para afrontar situaciones de emergencia. Porque lo que de verdad nos habría sacado del rincón de la Historia sería el que, conocida la magnitud del terremoto que ayer arrasó el sur de Irán, fuésemos los primeros en mandar nuestros Hércules a la ciudad de Bam, cargados con mantas, agua y medicinas, con hospitales de campaña y equipos médicos, y con bomberos dotados de perros buscapersonas y maquinaria especializada. Los españoles estaríamos orgullosos de ver a nuestros soldados en la asolada región de Kerbán, y de saber que habían llegado allí antes de que la gente se pudra debajo de los escombros, sin depender de la lenta intermediación de las ONG, y sin tener que soportar el inevitable show televisivo a favor de unas víctimas que necesitan la rápida solidaridad que los pueblos ricos y civilizados pagan con impuestos progresivos. Pero esta vez -como en Turquía- también llegaremos tarde. Porque nuestro ejército está haciendo la guerra que cambiamos por un cromo de las Azores. Y porque hoy, mientras la gente se muere en Kerbán, tenemos que discutir si la ayuda, siempre tardía, se hace con galgos o con podencos.