EL DIPUTADO Iturgaiz, del Parlamento vasco, tenía y esperemos que no siga teniendo un dedo juguetón, que mejor se estaba quieto para ser agradecido con la solidaridad que su dueño merece, por encima o a pesar de puntos clave del programa y de la estrategia de su partido, escasamente hábil, penosamente rígido y no menos inflado de nacionalismo que el programa y la estrategia a que se opone. En particular, la reforma de sastrería penal a medida es gravemente infumable. El diputado Iturgaiz juega con el dedo a lo que no debe y donde no debe, si lo pillan. Juega a meter el dedo en escaño ajeno para chanchullear un voto. Lo pillan y lo sancionan. Iturgaiz tenía y malgasta la solidaridad expresa de cuantos rechazamos que una oposición o disidencia democrática necesite escolta y malviva porque hay otros dedos que no juegan a trampear un voto, sino al gatillo y a eliminar al oponente. El diputado Iturgaiz tiene un mes de penitencia parlamentaria que es una auténtica Jauja al lado de los años de penitencia en que ya lo tenía la amenaza terrorista. Iturgaiz ha cometido una tontería grave y que su partido debería haber sancionado ya con un aparcamiento definitivo, pero esa es cuestión para el párrafo siguiente. Para el párrafo en que estamos lo importante es que él mismo se ha buscado el inri de que, con mucha trapallada legal por delante, ahora le hayan echado la bola negra, todos a una, los que recogen las nueces y los energúmenos que sacuden el nogal y hubieran preferido un tiro a un mes de suspensión. Metidos ya en párrafo de aparcamientos, ceses, dimisiones... es de temer que el dedo chanchullero nos diga que visto lo visto hasta ahora -y basten Filesa y Prestige como ejemplos- no hay por qué ponerse rígidos ahora con estas minucias de voto de más o de menos y que es mucho más grave que se ande con purezas reglamentarias y tiquismiquis formales un Parlamento en el que te echan la bola negra el terrorista o el incapaz de reprobar el asesinato como programa político. Un Parlamento que eligió para su Comisión de Derechos Humanos a ente tan singular como Ternera. Pero, digo yo y dicen otros muchos, a ver si con este incidente tocamos fondo, borrón y cuenta nueva, y empezamos a ponernos un poco más picajosos en exigencias de decoro y coherencia. Iturgaiz tenía que dejar quieto el dedo. Si no aguantó las ganas de meterlo, tampoco debería aguantar las ganas de dimitir y, si no sintió esas ganas, debería hacérselas su partido, que además tiene responsabilidades de gobierno, es decir, por encima de opiniones y conveniencias particulares y siendo el primero y más obligado a dar ejemplo. Iturgaiz tenía que haber recordado aquello que tenía muy claro Jordi Pujol: cuando no se tiene poder hay que cuidar mucho el protocolo. La pifia y la tontería a destiempo dañan la política que, con todas sus taras y rigideces, tiene la dignidad de hacerse a pesar del terror. El dedo de Iturgaiz ha engañado y perdido la solidaridad de muchos.