China

La Voz

OPINIÓN

CARLOS G. REIGOSA | O |

26 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

Un editorial de La Stampa nos recordó esta semana que las grandes revoluciones, las que cambian la historia de los pueblos, no siempre visten los ropajes míticos de la toma de la Bastilla o del Palacio de Invierno. A veces ni siquiera tienen ropajes y desde luego no las encumbra o adorna nada mítico. Un ejemplo: la reciente noticia de que China va a declarar «inviolable la propiedad privada adquirida legalmente». Ha sido difundida por la agencia oficial Nueva China como una información más. Sin embargo, es toda una revolución en un gigantesco país en el que manda un Partido Comunista cada vez más sorprendente y más ajeno al propio comunismo, al gran timonel Mao, a Lenin y al mismísimo Marx. La revolución de ahora consiste nada menos que en la entronización del capitalismo como sistema de producción, de crecimiento y de desarrollo. La Bastilla ha sido asaltada por enfervorizados admiradores del sistema de vida americano y en el Palacio de Invierno han levantado su enseña los mandarines que controlan los flujos internacionales de inversiones. Y los comunistas en el poder político se reclaman autores indiscutibles de este éxito. ¡Vivir para ver! Para ver un milagro, naturalmente.