Carod

ASSUMPTA ROURA

OPINIÓN

DURANTE veintitrés años soporté, gracias a ejercicios diarios de supervivencia, la doctrina pujolista del hecho diferencial catalán y lo único que aprendí es que, a Dios gracias, difícilmente entraría en el reino de los cielos nacionalista, simplemente porque mis libros estaban escritos y publicados en la lengua castellana. Ahora el tripartito se nos ha venido encima forzado por circunstancias ajenas al número de votantes como es, por ejemplo, que a los socialistas catalanes se les iba su propio partido a pique si una vez más perdían el poder, dadas las divisiones internas que no se exteriorizan como en otros lugares de España por el carácter reservado de los catalanes, pero haberlas haylas, y tan grandes que hasta los maragallistas tuvieron que inventarse otro partido que, sin regirse por las mismas normas estatutarias, les prometía fidelidad y obediencia: me refiero al grupo conocido como ciudadanos para el cambio. La misma noche electoral, a punto de cerrar por defunción la sede socialista al conocer que lejos de ganar, como tenían previsto y calculado, el votante les había despreciado, el ideólogo por excelencia de Esquerra Republicana, Miquel Sellarés, ya dijo (textual) que habría que echarles una mano para que no se derrumbaran como castillo de arena. Que el cambio en Catalunya era necesario aunque fuera por higiene democrática, no hay que ponerlo en duda. Cosa diferente es considerar que Maragall representa en lo fundamental ese cambio que todavía no se sabe en qué consiste salvo ese rosario de palabras vertidas para conducir cualquier corazón a las tinieblas. Maragall se define a sí mismo como cazador de retos y en esa autoafirmación nos embarca a todos los catalanes. Maragall deslumbra y seduce a Zapatero, que no ha encontrado todavía su lugar en el mundo. Maragall pues, como president, es ante todo la fuerza fáctica en la que confía el PSOE para ganar las elecciones en marzo. Mientras tanto, Carod no está ahí para vestir santos. Le interesa que gane el PSOE para que muestre sus contradicciones ante la nueva versión del nacionalismo catalán llamado ahora catalanismo de izquierdas y aprovechar las grietas para disparar contra su socio y ser el nuevo president de esa cultura catalana que dice defender sin que la ataque nadie más que su propia endogamia. Sólo una victoria importante de Rajoy retrasaría su estrategia. Nacionalismos, no, gracias.