24 DE DICIEMBRE del 2003. Un día apacible, soleado en gran parte del país. Los rezagados hacían sus últimas compras. A mediodía, todavía había filas de coches para entrar en los centros comerciales. Dentro, se vaciaban las estanterías del turrón y el cava. Figuras de Papá Noel recorrían las calles con aire festivo. En las estaciones de ferrocarril, jóvenes y jubilados se metían en los trenes camino de algún hogar. En Chamartín había el bullicio de todos los días. Quizá un poco más, porque era Nochebuena. La Nochebuena del 2003. Camino de esa estación venía un tren con dos maletas. 50 kilos de explosivos: el equipaje de la muerte. Una banda terrorista, que este año sólo había podido matar a tres personas, pretendía recuperar su estadística. Pretendía sembrar de sangre, muerte y ruinas la Navidad de un país tranquilo. No les valía cualquier fecha: tenía que ser en esa jornada. Tampoco les importaban los nombres ni el rango de las víctimas: podía ser una madre con un bebé, una abuela que vuelve a su pueblo, un empleado que sólo tiene un día de vacación. Sólo les importaba que la muerte fuera mucha, que la sangre fuera mucha, que fuera mucho el horror. Nos ha salvado la policía. Una de las novedades del año que termina es que la policía es más rápida, tiene información, llega antes que los criminales. Gracias, agentes. ¿Qué habrán pensado los ciudadanos que estaban a la hora prevista en la estación? Todos, hasta los agnósticos, habrán rezado. Yo he recordado aquella parte del país donde hay unos diputados, que están en un parlamento, y no hubieran condenado el atentado. Y hubieran vuelto a su escaño como si aquí no hubiera pasado nada, hablando de derechos, invocando su libertad. Por la noche, un hombre de 64 años, llamado Juan Carlos, asomaba a las pantallas de televisión: «Me acerco a vuestros hogares en estos entrañables momentos¿». Era la otra cara de una jornada que pudo ser trágica. Era la imagen de la serenidad, la concordia, la sensatez. Era el Rey que miraba el panorama desde arriba, y veía su país, que sigue creciendo. Y que esboza una sonrisa cuando habla del compromiso de su hijo. Y que habla de los necesitados. Y que llama a la unidad en torno a la Constitución. Yo lo escuchaba, con la expectación anunciada, pendiente de los matices, porque los reyes sólo hablan con matices. Pero recordé el sobresalto del día. Y me dije: ¿Qué importa lo que diga esta noche el monarca? ¿Qué importan los matices? Lo único importante es que el Rey pudo decir íntegro el mensaje grabado. Si las maletas de la muerte hubieran llegado a su destino, hubieran sonado muy extrañas estas palabras: «Que el año nuevo 2004 sigamos avanzando juntos por la senda de la paz».