Las otras loterías

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

CUANDO yo era pequeño, mi padre acostumbraba a definir la lotería como «un xogo que sempre lle toca aos outros». Para darle autoridad a la expresión solía recordarnos que la había aprendido de Castelao, quien la habría recogido a su vez de la experiencia popular. Y por eso concluía que la mejor suerte del mundo consiste en ahorrar, y en no fiar el futuro a una casualidad que él ya comparaba con la posibilidad de que nos cayese un avión, encima de la cocina, el día de Navidad. Preso de aquel razonamiento, recuerdo los sonidos de la lotería con la enorme angustia del niño que estaba convencido de que, si algún día caía el gordo en Forcarei, la familia Barreiro iba a quedar tan pobre como antes. Y, aunque la pobreza no era entonces un rasgo de infelicidad, a mí me asustaba la posibilidad de que todo el mundo se riese de nosotros, y de quedarnos sin comprar un Seat 600 por haber ahorrado las cinco pesetas que costaba una participación de las que vendía mi padre -¡para más inri!- en la ventanilla de Correos. Por eso ahora compro siempre la lotería que venden en la facultad en la que enseño y en el bar en el que tomo café, para no tener que seguir rezándole a San Martiño y a la Virgen de los Dolores para que desvíen el gordo a las tierras del Levante y Andalucía, en vez de hacerlo caer en el número de mis vecinos. Pero la experiencia me está demostrando que mi padre tenía razón, o que mis devotas oraciones de niño siguen desviando los premios fuera de Galicia. Por eso tuve que aprender de la gente la misma retahíla de premios que recordaba el sábado Víctor Freixanes: «que non nos toque romper unha perna», o «que vaia o diñeiro para outros e quede a saúde con nós». Y esa es la razón por la que este año compré unos billetes de lotería heterodoxa que pueden ser agraciados con los siguientes premios: que Aznar se aficione a la filosofía y no regrese jamás a la política; que Bush pierda las elecciones porque le anulan un voto en el estado de Florida; que Blair pierda la careta y se le vea su faz de agente americano infiltrado en la UE; que Fraga no me defraude y vuelva a presentarse a las elecciones del 2005, y que Rajoy se rinda a la evidencia y dé su conformidad a la Constitución Europea. Mientras yo espero tales gracias, mi padre sigue comparando el gordo de la lotería con el avión que puede caernos sobre el tejado durante la cena de Nochebuena. Aunque ahora, que soy mayor, lo tengo algo inquieto con un razonamiento que tiene su intríngulis. Porque he descubierto que tengo las mismas posibilidades de que hoy me toque el gordo que las que tienen aquellos a los que efectivamente les va a tocar. Y eso me anima a jugar otro décimo.