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20 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.ME ANDA en la cabeza, no sé por qué, el presentimiento de que mañana me tocará la lotería. Nunca juego, pero la de Navidad, por una cosa o por otra, se hace inevitable. Quizá esto mismo, la falta de costumbre, cosquillee mi esperanza, aun sabiendo que nada cambiará, suceda lo que suceda. Ocurre, simplemente, que me gusta jugar. Mucho, además: sé que a nada que me despiste, me convierto en un ludópata completo. Disfruto con todos los juegos, incluso con los más tontos. Hasta casi entiendo al personaje del chiste que le decía a otro: «Lo que más me gusta del mundo, después de mi mujer, es perder al mus». Y el otro: «Pero, hombre, será ganar». «¿Ganar?», dice con sorpresa el aludido, «¡Ganar me gusta más que mi mujer!». El juego pertenece a los pliegues de la naturaleza humana e incluso de la divina, porque dice la Biblia que a Dios le gusta jugar con los hijos de los hombres. Jugar descansa, afina la inteligencia y potencia la sociabilidad. Cuando no, cuando es sólo pérdida de tiempo y obsesión, lo estropea todo. Una vez al año no hace daño. Voy a saborear esta espera y mañana celebraré muchísimo lo que caiga. También en el caso improbable de que el presentimiento quede en nada. Suerte.