El caballero Aznar

| ALFONSO DE LA VEGA |

OPINIÓN

AZNAR, contra lo que son nuestros usos y costumbres, se va sin que le echen. Al modo anglosajón, tomado de la institución masónica, entiende que para evitar los vicios políticos y personales del encallanamiento en el poder es preciso autolimitarse en su ejercicio. Aznar es un solitario, frío y antipático. Como Lulio o como cualquier iniciado en una orden de caballería, piensa que sólo el que se entrena para ser fuerte puede ser capaz de defender a otros y luchar por los valores metafísicos de Justicia y Libertad. El que no se domina a sí mismo no debería imponer su poder a los demás. Pero hay otras cosas que sorprenden ligadas al personaje: el sentido del deber, en un país deteriorado moralmente, sin criterio, en el que da igual ocho que ochenta y en el que quien más y quien menos pretende ser gobernador de su propia ínsula barataria o practica la ley del encaje a su manera. Vengan días y vengan ollas, como decía Panza. El sentido de la libertad: «La libertad, amigo Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos¿ por la libertad se puede y se debe arriesgar la vida». La autoexigencia, valor importante para quien ha estado a punto de ser asesinado por el fanatismo nacionalista y ha de reflexionar sobre las razones de su propia conducta en política. La recuperación del sentido de la dignidad del liberalismo constitucional asociado a la denostada nación española desde 1812, asunto que no pueden perdonar los serviles periféricos y antiliberales de antes y de ahora: carlistas, federalistas, bizcaitarras, comunistas, separatistas, cucañistas y echacuervos. Pero es difícil ejercer de don Quijote y hacer de España una Dulcinea en un país dominado por curas, barberos, bachilleres del «otrosí digo», mercaderes del ergo y gallardos vizcaínos. Pero no se deje morir política y definitivamente vuesa merced, pues aún hay muchas salidas que hacer para un buen caballero andante.