Despedida

| ERNESTO S. POMBO |

OPINIÓN

19 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

SIN TIEMPO aún para reponernos de la emoción y de la tristeza de ver abandonar el Parlamento a Aznar, pausado, gesto tranquilo y con la satisfacción del deber cumplido, viene la oposición y nos monta una trifulca por un quítame de ahí esas pajas. La reforma del Código Penal para meter entre rejas a Ibarretxe y a quienes se permitan disentir, puso de manifiesto que la ausencia de nuestro líder carismático no va a proporcionarnos mejores tiempos. La oposición, irresponsable y pancartera, se ha disparatado intentado que esta legislatura pase a la historia como la de «todos a la cárcel» y «manos arriba, esto es un atraco». Para sorpresa de los diputados y de los coros de danzas populares que no entienden la falta de gratitud hacia una relación dialogante y de respeto, propiciada y liderada por el propio presidente del Gobierno. La legislatura no puede cerrarse con el eslogan de «todos a la cárcel». Ni con el de «embriagados de soberbia». Ni «excluidos los que discrepen». Ni tan siquiera con el del «culto al desprecio». No hay más que recordar algunas de las sesiones para darse cuenta de que el diálogo, el entendimiento, la tolerancia, el debate transparente y fructífero, han sido las reglas marcadas por el Partido Popular y sus líderes. Lo vamos a echar de menos. El hombre que sacó a nuestro país del rincón de la historia, el que lo encaramó a la cima europea, el que propició un acercamiento a Iberoamérica y el que nos recuperó Perejil, no merecía marcharse entre gritos y abucheos. Todo lo contrario. Después de tener que echar a empujones a Felipe González, a José María Aznar hay que agradecerle que decidiese irse tras ocho años de mandato. Aunque a uno, personalmente, le habría reconfortado mucho más que se hubiera marchado antes. Por lo que nos habríamos ahorrado.