Decimosextos

OPINIÓN

19 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

QUIZÁ los problemas de Galicia hayan comenzado con el plan Ibarretxe, con el gobierno de la izquierda catalanista en Cataluña, o el fracaso de la última cumbre europea. Quizá todo ello será más importante para el futuro de Galicia que nuestro propio gobierno, o los problemas estructurales de nuestra realidad económica y política. Escucho a los políticos que nos gobiernan, y leo con fruición análisis que exponen con claridad y rigor que, salvo un período desafortunado de gobierno socialista, Galicia avanza hacia la prosperidad. También me avisan de que ahora esa prosperidad peligra: El eje franco-alemán, los insolidarios catalanes, los irresponsables reformadores de la Constitución, los soberanistas vascos, los desleales y desnortados socialistas, andan en ello. Me tranquilizan: los gallegos, como casi siempre, somos ajenos a nuestros problemas. Lamentablemente para mí, no alcanzo a comprenderlo. Todo ello me desasosiega. Uno no desea ser un mal gallego, un desleigado . Pero una veta socialdemócrata me pierde. Conozco los esfuerzos que nuestras autoridades autonómicas hacen para convencernos de que esos datos estadísticos que alegremente aporta el Gobierno de España son menos ciertos de lo que parece, pero, dada mi natural tendencia al escepticismo y la incredulidad, sus esfuerzos no me convencen. Aunque quizá no sea yo el único responsable: conocer que Galicia es la decimosexta región más pobre de la actual Unión Europea contribuye a ello y si a eso se añade que un 50% de nuestro presupuesto proviene de los fondos europeos y estatales de cohesión y solidaridad, el interrogante sobre el origen de nuestros problemas se acrecienta y renace la perplejidad ante el recuerdo de aquello que el Gobierno y algunos analistas nos enseñan. Entiendo bien que ante percepciones tan dispares no sea posible el acuerdo. Y comprendo la estupefacción de un Gobierno ante las mil cuatrocientas enmiendas presentadas a los rigurosos presupuestos de Galicia, los terceros más altos de España por habitante, por una obcecada oposición. Ante lo que no cabe más que la firmeza en su rechazo. Porque en caso contrario los desasosegados de buena fe, como quien esto suscribe, seguirían alentando la idea derrotista de una Galicia que no existe.