HAY QUE tener confianza. El futuro de Galicia está en aire, pero hay que tener fe. Depende del albur. De los vientos del Noroeste, de la borrasca de las Azores, de que a nadie le siente mal el café de la mañana, y de las buenas sensaciones de las hadas madrinas. Pero, aún y así, no hay que perder la esperanza. Si nadie pone remedio, y no tenemos una gran creencia de que así sea, el futuro de Galicia, se va a dilucidar en los próximos meses fuera del alcance de los peatones de este país. En Bruselas, en Estrasburgo y en Navalmoral de la Mata. Y lo van a hacer gentes a las que nunca tuvimos en placer de ver, ni nunca tuvieron interés por conocernos. De entrada, si los estados más ricos de Europa no son generosos, perderemos en torno a los 3.700 millones de euros, que es lo mismo que decir que perderemos casi la mitad del presupuesto de la Xunta. Todo por culpa, nos aseguran, del nuevo gobierno catalán y de la división de la UE, que puede motivar la desaparición de fondos de solidaridad. De salida, si se nos ocurre no apoyar a Rajoy para que llegue a la Moncloa, o si no lo respalda el votante de Alcalá de Guadaira, el Plan Galicia quedará para el recuerdo. Lo han dicho en Santiago, los ministros Montoro y Cañete. El panorama nos lo pintan crudo. Alarmante. Pero lo que inquieta es que poco o nada podemos hacer por cambiarlo. El futuro, a lo visto, no está en nuestras manos. Por mucho que nos chantajeen, tenemos que limitarnos a esperar. Como aguardamos las lluvias de mayo. Podemos quedarnos sin nada o quedarnos con todo. Pero, eso sí, desde ahora mismo les estamos cordialmente agradecidos. Por la sinceridad con la que nos hablan. «La sinceridad», que decía Jardiel Poncela, «la inventó uno que quería amargarle la vida al prójimo». Eso es lo que están haciendo. Y hasta lo consiguen.