La cartera vence al corazón

| RAMÓN BALTAR |

OPINIÓN

EL FRACASO de la cumbre europea que debía aprobar una especie de Constitución a pocos pudo coger de nuevas. Con el tiempo político encapotado y los estados miembros encaracolados, mal podía salir de allí cosa buena. Se llegó al encuentro con el ambiente muy cargado. La decisión de algunos países de apartarse de la línea marcada por el eje París-Berlín para apoyar a EE. UU. en la cuestión iraquí abrió un período de recelo esterilizante. La respuesta de franceses y alemanes dispensándose de la multa por el exceso de déficit ya había anticipado la dura realidad: quien paga no gusta de ser contrariado por los que cobran. Éstos los encabritaron aún más pretendiendo un reparto de poderes institucionales como si hablaran con iguales en todo. Tampoco la presidencia estaba en las manos que la ocasión requería. Al señor Berlusconi, que confunde en casa lo privado con lo público, no se le supone capacidad para distinguir entre los intereses nacionales y los de Europa. A pesar de anunciarlo a bombo y platillo, no llegó a presentar una fórmula de compromiso que permitiera salir del atolladero sin tener que pasar un mal trago en la rueda de prensa. Demasiada tarea para un bravucón mal dotado para la política de altura. La posición española ha salido muy debilitada: nos faltó sintonía con los socios mayoritarios (hasta el amigo Blair se acercó a cenar en el club de los ricos) y nos hemos quedado con el sambenito de autores de un veto encubierto. Mucho trabajo diplomático necesitaremos para que en el próximo reparto de fondos comunitarios no se note el error. Este parón confirma que una cosa es el mundo de los intereses y otra el de los ideales. La articulación político-jurídica de Europa pide una maduración y unos dirigentes que sepan ver los valles detrás de sus montañas.