Justicia para Sadam

| ERNESTO S. POMBO |

OPINIÓN

UNA VEZ fotografiado de frente, de perfil; con barba y sin ella, hay que hablar de su futuro. Ahora que ya disponemos de su imagen para que futuras generaciones de iraquíes impriman sus pósters, hay que decidir qué hacer con él. Porque una vez que lo retratamos sucio, abatido, asustado y demacrado, ¿qué salida le damos a Sadam Huseín? Sólo horas después de que el gran dictador fuese detenido en un zulo, el mundo entero debate las opciones de un juicio que sentencie definitivamente las atrocidades que su régimen cometió. La comunidad internacional habla ahora de someterlo a un juicio justo . Que es lo mismo que ha dicho Georrge W. Bush. Y que es lo mismo que no decir nada. Porque, ¿quién garantiza esa justicia?. ¿Un tribunal de Irak, donde hablan ya de condenarlo a muerte? ¿O un tribunal norteamericano, que entiende la justicia como la refleja en su base de Guantánamo? Pedro Lozano Bartolozzi, experto en Relaciones Internacionales, alertaba ayer mismo de la necesidad de tratar a Sadam con honestidad para no convertirlo en el mártir de Oriente Medio. Pero eso no es sencillo. Ante las voces que hablan de sentenciarlo a muerte y las que propugnan un «escrutinio internacional», debe de hallarse el camino intermedio. A Sadam Huseín hay que otorgarle la equidad y la ley que él nunca concedió a los que creía sus adversarios. Y eso sólo lo garantiza un tribunal penal internacional, como el de La Haya. A través de un proceso transparente y público. En el que, como se hace con Milosevic, el dictador rinda cuenta de todas y cada una de sus brutalidades. Un tribunal con competencia jurídica y moral para juzgar el sinfín de crímenes cometidos. Un tribunal donde estén representados los de la victoriosa coalición y los que sabiamente optaron por quedarse en casa. Y esa vez sí, bajo los auspicios de Naciones Unidas. En definitiva, un tribunal que nos convenza a todos.