SON FECHAS de ser felices por narices y quiero decirles que este año encabeza mi alegría navideña el esplendor de los transplantes renales. Transplantes siempre indoloros y siempre placenteros, sin que nadie tenga que perder para que todos salgamos ganando, pero tal vez un pelín pasados de la raya, pues hablo de la Navidad y de transplantes renales que no son de riñones, sino de renos. Transplante evidente, pues no son los renos el mejor ejemplo de lo autóctono y abundante en nuestros montes, de lo «axeitado á nosa realidade» tradicional y cultural, pero ahí están, en transplante masivo, no desde Laponia, sino desde USA, y nos invaden en iluminaciones, guirnaldas, carteles y demás parafernalia del comecocos y sacacuartos de la Navidad. Y con el reno y por el mismo precio tienes un trineo, también cachivache racial a tope, y el de las barbas, que a fin de cuentas viene de bastante más cerca que el Oriente de Melchor, Gaspar y Baltasar y sus camellos, más exóticos que los renos. Pero no me voy a poner a borrar lo escrito porque tengo prisa en lo que sigue. Elecciones y pacto de gobierno le han dado actualidad a Cataluña en cuestión tan tierna y entrañablemente navideña como es la del pesebre. Casi un cuarto de siglo de gobierno en mayoría, con tasas altas de dedocracia, genera, quiéraslo o no, pesebre, es decir, una red de intereses y obligaciones, momios y enchufes en torno a la gimnasia libre, elástica y veleta del Gran Dedo y sus dedos vicarios o subdelegados. Parece que son varios miles los cargos políticos y técnicos que harán mutis o pondrán sordina a sus nóminas y poltronas en cuestión de días y yo bien que lo siento por ellos y digo lo del taxista tras el pinchazo, imprevisible por supuesto: «¡Hay que ver, con lo bien que íbamos!». Eran muchos años, tantos como para recochinearse en ser la Cataluña Única, Necesaria o poco menos. Así se entienden, pero no se comparten, esas lágrimas bobas del fallido y del cesante « malgré lui» que pone a caldo a Carod porque ha pactado con quien no tiene el nacionalismo catalanista y la prevención anticentralista como primer o único criterio de acción política. Y el colmo de los Jeremías es que, puesta por delante la etiqueta de nacionalista, les valga cualquier alianza de cualquier ideología con cualquier otra, mejor que la coherencia y la viabilidad del programa, aunque sea con «el de fuera». Con las sombras inevitables, no hay la menor duda de que Jordi Pujol y «su» Cataluña pasan a la Historia de España con un balance muy positivo en contribuir a que el guateque general dure lo que está durando en buena convivencia y progreso del bienestar, aunque con un par de estupideces al fondo (o al Norte) porque nadie puede ser perfecto ni feliz a tope. Pero, volviendo a Cataluña y su gente, en esta Navidad de relevo democrático, hay que traer a colación este pesebre al que tras un cuarto de siglo le viene muy bien una mudanza. Y por supuesto ¡enhorabuena a los premiados!