La Constitución une, la crispación separa

| JOSÉ MARÍA CALLEJA |

OPINIÓN

EL GOLPE policial contra la dirección de los criminales ha conseguido convencer, incluso a los más renuentes, de que la vía policial es una de las más eficaces para acabar con los que matan. Aunque parezca lo contrario, explicar lo obvio es una de las tareas más difíciles que tenemos los humanos, sobre todo cuando andan de por medio la muerte y el miedo. Y durante años ha sido imposible explicar que la mejor forma de acabar con los que asesinan es detenerlos. Cada vez que algunos de los pocos que nos hemos atrevido en esta tarea lanzábamos tan sencillo aserto recibíamos las invectivas del coro de diletantes de lo complejo que nunca se alegraban de una detención de etarras y que siempre tenían en la comisura de los labios frases con las que trataban de justificar su eterna parálisis en la lucha contra los asesinos. Estaba mal decir que la vía policial era imprescindible y siempre decían que eran necesarias las medidas políticas porque el asunto, enarcaban las cejas, era muy complejo. Hoy incluso alguno de esos radiopredicadores parecen caerse del burro y reconocen, ¡milagro!, que para acabar con los etarras lo primero que hay que hacer es detener etarras. Con motivo de la detención de la cúpula de los criminales en Bidart, el 29 de marzo de 1992, uno de los mayores golpes dados a los terroristas -por cierto, como se habrá percibido sin esfuerzo, en pleno gobierno socialista- que inauguró el actual declive, escribí que la eficacia policial tenía innegables consecuencias políticas, en un esfuerzo por tratar de enganchar a todos aquellos a los que lo policial les da siempre calambre cuando se trata de los asuntos de los demás. El coro nacionalista se rasgó las vestiduras y los periodistas de guardia del batzoki dijeron no es esto, no es esto; sólo algunos saludaron el hallazgo de vincular lo policial con lo político en función del alto voltaje de lo primero. Hoy, hasta el consejero de Interior del Gobierno vasco, del PNV, reconoce que ETA es sólo un problema policial y podemos comprobar cómo en el año en el que ETA ha asesinado a menos gente -toco madera- es el periodo en el que más detenciones de pistoleros se han producido, menos violencia callejera hemos soportado y menos influencia del grupo terrorista en la agenda política se ha podido registrar. De manera -que bien que vamos llegando a lo obvio- que para acabar con ETA hay que detener a los etarras, cuantos más etarras se detengan, menos habrá en disposición de asesinar, y cuanto más perciban los etarras que su tiempo se termina, menos estarán dispuestos a incorporarse a la leva. Bien, un parcial menos para la próxima evaluación. Quizá ahora es el momento propicio para avanzar en otra materia. Por ejemplo, cuán significativo resulta que cuanto más debilitada está ETA, cuando su brazo político está prácticamente clausurado, cuando lo que antes vivían de la sopa boba del crimen se hallan en paro, va el PNV y despliega una panoplia de gestos de aproximación y complicidad: invita a Otegui al batzoki de Andoain -como si la gente del PNV no supiera lo que piensa este sujeto-, se empapa de estética peronista y paraguas en ristre mientras lanza cánticos de luchadores antes de subirse al coche oficial y se ofrece como abogado defensor, enlace sindical y jefe de prensa de lo que queda del grupo etarra en el Parlamento vasco. Esperemos que no tenga que pasar tanto tiempo para que los que ahora se caen del guindo de lo policial, perciban que esta estrategia actual del PNV rompe radicalmente con su pasado reciente, cuando estaba en el pacto de Ajuria Enea con socialistas y populares, nos lleva a los vascos al abismo, crispa las relaciones, levanta muros y, sobre todo, no resuelve los viejos problemas y crea otros nuevos. Contra ese plan crispador nos vamos a manifestar mañana en San Sebastián. Con una idea clara: nada se puede construir sobre 30 años de terror y miedo y casi mil asesinados, nada se puede construir con la idea excluyente de considerar a los vascos constitucionalistas como residentes de segunda frente a los ciudadanos de primera que serían los nacionalistas, nada se puede construir con delirios etnicistas que niegan la condición de ciudadano a todos aquellos que no queremos formar parte de la tribu. La Constitución española demuestra que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa a los vascos. El plan crispador quiere ahondar en lo que nos separa y pulverizar lo que nos une.