LA ESENCIA del sistema parlamentario consiste en que, lejos de darse una estricta conexión entre los resultados electorales y la determinación del Gobierno, los partidos políticos están obligados a testar su capacidad de gobierno en las instituciones parlamentarias, que no sólo pueden generar mayorías distintas a las que salieron de las urnas, sino que pueden modificar esas mayorías, una o varias veces, dentro de la misma legislatura, ya sea por dimisión voluntaria del jefe del gobierno, ya sea por medio de una moción de censura que gana la oposición o una cuestión de confianza que pierde el gobierno. Los que siempre hemos razonado en este contexto jurídico y político, sin dejarnos llevar por ese infantilismo dogmático que se pasa la vida reinterpretando la voluntad del pueblo, no tenemos ninguna duda sobre la legitimidad de la operación que desposeyó a Pérez Mariño de la alcaldía de Vigo, ni sobre la posibilidad de que Pasqual Maragall le cierre el paso a Artur Mas hacia la Generalitat. Tampoco la tuvimos sobre la oportunidad de la moción de censura que puso fin al escándalo de Marbella, o sobre el acuerdo alcanzado por el presidente de Cantabria para abandonar la mayoría popular y ponerse al frente de una coalición con el PSOE. Y por eso nos hemos acostumbrado a juzgar todas estas operaciones en función de sus resultados, en vez de convertir la vida política en un juicio permanente sobre la existencia o inexistencia de pecados originales. Pero esto que ahora nos parece tan normal y razonable, no fue así hasta antes de ayer. Porque, lejos de educar a la gente en el correcto funcionamiento del modelo, tanto los partidos políticos como los intelectuales y opinadores se pasaron la vida intentando meter el sistema parlamentario en una funda presidencialista, negando la posibilidad de los juegos de mayorías y tiznando de ilegitimidad todo lo que se mueve al margen de la noche electoral. Por eso ha llegado el tiempo de las explicaciones, y por eso tenemos que empezar a preguntar por qué ven como bueno lo que antes les parecía tan malo. Lo que más nos interesa ahora no es saber por qué Maragall cierra un acuerdo leonino con Carod-Rovira y se lanza por la pendiente de la reforma estatutaria y constitucional y de la ruptura de los equilibrios financieros que hacen viable el Estado de las autonomías. Lo que tiene que explicar el PSOE es por qué se avino a participar en el cerco al PNV y a tensionar al máximo la política nacional, para acabar haciendo pinza contra la misma estabilidad que decían defender. Porque, por más que ahora lo nieguen, acaban de hacer un giro copernicano. Y eso no se puede hacer sin dar muchas explicaciones.