CARLOS G. REIGOSA
08 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.AL PARECER no llega al 5% el número de españoles que están seguros de que, si pudieran, elegirían otro país para nacer. Lo cual dice mucho a favor de la autoestima de la ciudadanía y desmiente, de paso, esas frases que a veces se nos escapan sobre las ventajas de otros lugares. Me lo planteé en serio al leerlo y no tardé mucho en darme cuenta de que yo tampoco pertenezco a esa pequeña minoría. No se me ocurrió un lugar mejor para nacer que esa Pastoriza luguesa donde amanece el Miño, huele a vaca y no puedes impedir que se adueñen de tu mirada mil verdes diferentes. Ni mi vieja pasión por Francia (o quizá sólo por París) ni mi más reciente fascinación por Canadá, ese país que ha sabido aunar el bienestar social europeo con la agresividad empresarial de EE.?UU., han podido cambiar mi fe de carbonero en que no hay otra tierra para nacer como ésta. Así de simple. Y todo ello después de evaluar y desdeñar paraísos hawaianos, caribeños, mediterráneos y orientales. Nada como A Pastoriza para nacer. Nada como Galicia. Nada como España. Nada como Europa. Decía Séneca que su patria era el mundo, pero que, por encima de todo, amaba a su país, no porque fuese grande, sino porque era el suyo. Esa debe ser la explicación.