CONVIENE recordar en estos tiempos de celebraciones por el redondo aniversario de nuestra Constitución que una de las leyes orgánicas previstas en el párrafo primero de su Artículo 81 es la del régimen electoral general; y que los legisladores optaron por el enrevesado sistema D'Hont, pensando en que dificultaba las mayorías absolutas o, lo que es lo mismo, llevaba a la necesidad de pactos. Que circunstancias como la desaparición de la UCD de Adolfo Suárez y el fortalecimiento de los nacionalismos periféricos hayan propiciado mayorías absolutas e incluso hegemónicas en el primer caso y tensiones y exigencias quizás excesivas en el segundo, no pueden convertir el sistema electoral en un malvado instrumento nocivo para la democracia. El régimen electoral no es otra cosa que el reglamento del juego, que no se puede cambiar una vez celebrado el partido según convenga a cada uno el resultado. Pongamos que escribo de Cataluña: para algunos resulta escandaloso que el 16,47 por ciento de los votantes, que fueron los que optaron por la opción de Esquerra Republicana, decidan el gobierno catalán, sobre todo si deciden que el socialista Maragall sea el próximo president; aunque quizás debiera recordarse que fue quien más apoyo popular tuvo (31,17 por ciento de los votantes, frente al 30,93 que dieron su voto a CiU). A mí particularmente me parece saludable un sistema electoral que propicia la aparición de los partidos bisagra, que al fin y a la postre son los que tienen la llave de la alternancia, como ocurre ahora en Cataluña. Otro asunto es el coste que en este caso el Partido Socialista va a tener que pagar a la vuelta de la esquina, cuando se celebren las elecciones legislativas del próximo mes de marzo. Tengo para mí que con un lenguaje en Madrid, otro en Cataluña (Maragall), otro en San Sebastián (Elorza) y diferentes dialectos en La Mancha (Bono) o Extremadura (Ibarra) o A Coruña (Paco Vázquez), a Rodríguez Zapatero se le empina demasiado la cuesta hacia La Moncloa. Pero eso no invalida el régimen electoral general, mal que le pese al secretario general del Partido Socialista, que pagará la factura de Maragall president con un conseller en cap, Carod-Rovira, que presumía la noche electoral catalana de la felicitación telefónica del lendakari Ibarretxe.