EN PARALELO a la espiral de violencia durante estos dos últimos años, pero en sentido simétricamente opuesto, teniendo la ciudad suiza de Ginebra como marco, la sociedad civil que ha sobrevivido al desastre humanitario y a las guerras habidas en torno a lo que fue el mandato británico en Palestina, ha cavado un túnel de esperanza. El acuerdo de paz, repudiado por los extremistas de toda condición, pilotado por un ex ministro israelí de Justicia, Jossi Beilin, y un ex ministro palestino de Información, Yasser Abed Rabbo, tiene ya, a estas alturas, la bendición de Washington. No interfiere, dice Collin Powell, el secretario de Estado, la Hoja de Ruta, que es la vía oficial para la negociación de la paz. Abierta esta vía a principios del pasado verano, en la doble solemnidad de Charm el Cheij y Áqaba, naufragó pronto, por la subsiguiente activación de la espiral de violencia: reanudación israelí de los asesinatos selectivos, réplica terrorista con el atentado contra un autobús en Jerusalén, etcétera. El muro de la división ha crecido, como los asentamientos, como los nuevos atentados y las subsiguientes cacerías. A esa puerta del infierno es una réplica de esperanza lo acordado en Ginebra por la sociedad civil. Washington, que ha reducido las subvenciones a Israel, endosa el acuerdo; el Gobierno de Sharon protesta. Desde la crisis de Suez, hace casi medio siglo, no se conocía una tensión más aguda entre Israel y EE. UU. Algo ha movido ya el Acuerdo de Ginebra, con sus avances sobre el corazón del problema: los refugiados, los territorios, Jerusalén¿ No es una alternativa a la Hoja de Ruta acordada por Los Cuatro (EE. UU., Rusia, ONU y Unión Europea), sino la prueba de que el camino que en la Hoja se propone es posible y practicable. No renunciará la Casa Blanca a la paz en Palestina, se oponga quien se oponga. Luego de Irak, es instrumento en absoluto prescindible.