Órdago

| PABLO MOSQUERA |

OPINIÓN

LOS VASCOS presumen de ser buenos jugadores de mus. Hace poco escuché en una tertulia política del País Vasco que, para los nacionalistas, el conflicto con el Estado español era como una partida de mus. Otros opinaban que para algunos dirigentes del Gobierno central, el problema había que tratarlo como una «carlistada más». Lo cierto es que, coincidiendo con las bodas de plata de la Constitución, la situación vasca es mala y sin esperanza de diálogo, con la peor de las devertebraciones sociales, al estar la comunidad de ciudadanos de Euskadi prácticamente dividida al 50%. Aquí sí que podemos decir que cualquier tiempo pasado fue mejor. ¿Qué cartas hay en las manos de los nacionalistas? El victimismo, al grito de «vienen a por nosotros». Capaz de unirlos y hacerles ganar las próximas elecciones al Parlamento vasco por mayoría absoluta. Con la extensión, a otros lugares del país, de la sospecha sobre la prohibición de mover la Constitución y los Estatutos, ni consultar a los ciudadanos más allá de los procesos electorales al uso. ¿Qué capacidad tienen para jugar al farol? Supongo que hasta donde Atucha e Ibarreche estén dispuestos a aguantar una previsible condena por desacato; o la provocación que lleve a los más duros del Estado a justificar la suspensión de la Autonomía. ¿Y el Estado? Depende del resultado de las próximas elecciones generales, aunque alguien puede estar pensando que ser duro en Euskadi da la mayoría absoluta en España, y obliga a los socialistas a retratarse , primero en Cataluña y después en el resto de España. ¿Y los espectadores? Los ciudadanos, primero los vascos, deben estar muy preocupados con lo que se les viene encima, pues nadie se puede creer que los vascos se van a conformar con una actuación sobre el lendakari y el presidente del Parlamento Vasco. ¿Cómo mostrarán su disconformidad? Y tras la suspensión de la autonomía, ¿cómo se gobierna la Comunidad, y hasta cuándo el castigo? Sigo siendo un nostálgico de la Mesa de Ajuria Enea, y echando de menos a personas como Jáuregui y Ardanza. La calidad del sistema no depende de la Carta Magna, sino de la calidad de las personas. La aplicación de los preceptos constitucionales y su extensión a los Estatutos tienen mucho que ver con la propia capacidad de los partidos para despegar del centro y hacerse periféricos.