LOS SONDEOS demuestran que la Constitución que nos rige, nacida hace 25 años por obra y gracia del consenso político, goza de una alta estima entre los españoles. Sin embargo, esos mismos ciudadanos empiezan a encontrar preocupante la obsesión de unos políticos por cambiarla y la obsesión de otros por no consentir que se le toque ni una coma. Es como si el consenso original empezase a despeñarse por un precipicio de desconfianzas, recelos, suspicacias o prevenciones. Para acabar imponiéndose, en su lugar, una división confusa respecto de qué hacer con ella. Una gran parte de la ciudadanía acepta que la Carta Magna pueda ser reformada, pero no percibe tan claramente las razones para proceder a modificarla con una urgencia que no figura ni remotamente entre las prioridades de la sociedad. En este sentido, la sensibilidad general no coincide en casi nada con la insistencia de ciertos políticos en abrir confrontaciones respecto de la conveniencia o no de la reforma. Quizá por ello ya no son tan pocos los ciudadanos que, estando satisfechos con la Constitución, se preguntan si algunos políticos no están jugando a convertirse en bomberos pirómanos en este delicado asunto. Ello explica muchas de las sospechas y reservas de unos frente a otros, con una parte de la clase política acumulando declaraciones harto previsibles, siempre según el partido al que pertenezca quien las hace. El resultado es malo porque el gran ausente es el debate, con unos cerrados en banda en defensa de la intocabilidad del texto, no vaya a ser que se cuele algo indeseable, y con otros propugnando no se sabe bien qué reformas, lo cual tampoco favorece el proceso al generar intranquilidad. El rey Juan Carlos nos lo recordó el pasado sábado: es el momento de recuperar valores de tolerancia, prudencia y consenso. Sólo así se podrá salir del circuito de la desconfianza y la descalificación, para determinar si es la hora de introducir cambios o no, y si lo es, cuáles y para solucionar qué problemas. Sin bomberos pirómanos de por medio. No se olvide que en política, como ya advirtió Edmund Burke a finales del siglo XVIII, la mayor sabiduría es la magnanimidad. ¿Lo han olvidado nuestros políticos?