LA PREOCUPANTE situación de Irak con las consecuencias para la estabilidad mundial que pudiera tener un fracaso del proceso de pacificación de acuerdo con pautas occidentales, viene a representar una especie de test no ya para todo Occidente, sino muy especialmente para España. No sólo hay un aspecto militar, sino también otro ideológico, sobre nuestra forma de implicarnos en la civilización occidental en este nuevo siglo. Las peculiaridades de la historia de España en los últimos doscientos años, su atraso comparativo con el resto de Europa, su tradicional casticismo localista y ahora ombliguista autonómico, han hecho que buena parte del pueblo español considere que nuestro país no está implicado para bien o para mal en lo que pasa en el resto del mundo. A veces hay amargos despertares de ese sopor. Tal la llamada Marcha verde , o, después la escaramuza de Perejil, donde se comprobó la nula solidaridad europea para con las amenazas que puede sufrir España. Por no hablar de la sedición nacionalista en el país vasco o Cataluña que pudieran eventualmente merecer cierta comprensión de algunos de nuestros socios como ya ocurriera con la destrucción de Yugoslavia. En estas circunstancias de debilidad relativa el Gobierno español juzgó que resultaba singularmente necesario arrimarse al poderoso. Y no como en la anterior guerra del Golfo, con un doble lenguaje gubernamental que apoyaba en la práctica pero aparentaba disidencia, sino, ahora, con todas sus consecuencias. Pero la política de defensa no se puede cambiar fácilmente, tanto por los aspectos técnicos, logísticos y presupuestarios, cuanto por los ideológicos. El anterior régimen dañó la credibilidad de nuestro ejército. Pero el ejército constitucional requiere el apoyo de la sociedad española, no para salir corriendo ante la dificultad, sino para que pueda hacer bien lo que tenga que hacer.