LOS PRIMEROS acordes de villancicos traen siempre de acompañamiento un borbotón de letra impresa contra la Navidad: que si es consumista, que si el espíritu navideño debería empapar todo el año, que si significa una especie de felicidad y bondadosidad (no me he equivocado) por decreto de calendario. Cosas así que, por cierto, no me parecerían mal si se aplicaran a toda fiesta ¿Por qué tanto ensañamiento precisamente con esta? Las fiestas son un recordar juntos -conmemorar- algo bueno sucedido poco o mucho tiempo antes. La Navidad festeja el nacimiento de Cristo y, de algún modo, la misma existencia de la familia. Quizá en ambas cosas radique la hostilidad de algunos: no sólo no quieren celebrar ni lo uno ni lo otro, sino que además les molesta que otros lo hagan. Es muy duro alegrarse con lo que no sientes. Lo comprendo y entiendo que eviten ese trago y que, sin amargura, dejen en paz a los que disfrutamos celebrando el nacimiento de un niño en un pesebre, a los que nos volvemos algo críos en estos días, a los que nos gusta reencontrarnos en casa, con los nuestros, en Navidad. Pedirles que se alegren de nuestra alegría quizá sea mucho pedir: significaría que nos quieren.