El peronismo de Kirchner

OPINIÓN

SI ESTUVIESE vivo Jorge Luis Borges, el escritor argentino más influyente del siglo XX, probablemente acertaría a explicarnos con brillantez y facilidad lo que está ocurriendo ahora en su país. No creo que sea una osadía temeraria imaginar que el gran poeta encontraría la clave de casi todo en la pervivencia de la ideología peronista dentro de la acción política del presidente Néstor Kirchner. Todavía en julio pasado, María Kodama, viuda del escritor, explicaba en un curso en El Escorial que Borges se había enfrentado al peronismo porque, desde su actitud ética, «sentía que se tenía que oponer». Más claro había sido cuatro años antes el periodista argentino Patricio Lóizaga, uno de los artífices de la película documental titulada Tributo a Borges (1999), al recordar que el escritor no fue simpatizante del peronismo ni del populismo porque los entendía como una desviación de la democracia. Y éste parece ser el verdadero problema, también ahora. Néstor Kirchner, peronista, que obtuvo la presidencia tras la retirada de su contendiente, el también peronista Carlos Ménem, está descubriendo que la solución a los problemas actuales está en el mismo peronismo que los creó y los consintió. Por ello, en vez de culpar a su partido, a sí mismo o al pueblo argentino por su poco acierto político, ha decidido exonerarlos a todos (y también a sí mismo), demonizando al antaño adorado Carlos Ménem y a los inversores extranjeros, vistos como verdaderos aprovechados de una rica y próspera, pero indefensa, Argentina. La Argentina siempre soñada y ahora añorada. De este modo se va reescribiendo la historia. Los argentinos son inocentes. El peronismo, también (aunque fue ocasional y reparablemente pervertido por Ménem). Por lo tanto, la reconciliación nacional es posible. Basta con extirpar el cáncer (el menemismo y sus favorecidos) y de nuevo será posible cabalgar el tigre del populismo. Kirchner, que, a juzgar por sus primeras declaraciones, había optado por decirles la verdad a los argentinos, parece que ha encontrado un discurso políticamente más rentable y popular: Los culpables son los demás. ¡Qué bien lo hubiera contado Borges!